Sabemos que no todas las dudas se responden igual. Por eso hemos preparado tres tres recursos visuales y descargables con información clara y práctica para que encuentres respuestas según tu situación. ¡Descágartelas!
Droga es toda sustancia cuyo consumo actúa sobre el sistema nervioso, modificando el psiquismo y su abuso produce diversas consecuencias tóxicas agudas y crónicas, entre ellas el estado de dependencia.
La dependencia es una adaptación psicológica, fisiológica y bioquímica del cerebro ante el consumo repetido de una sustancia o hábito comportamental. Este proceso altera el sistema de recompensa, transformando una elección voluntaria en un comportamiento compulsivo que dificulta el autocontrol a pesar de las consecuencias negativas.
Con el tiempo, el cerebro se acostumbra y aparece la tolerancia, que obliga a aumentar la dosis o frecuencia para obtener el mismo alivio y evitar el malestar de la abstinencia. En definitiva, la adicción deja de ser una búsqueda de placer para convertirse en una necesidad física y psicológica para poder funcionar.
Cuando consumimos drogas, los propios efectos de las sustancias alteran nuestra capacidad de ejercer un control sobre su consumo, es decir, alteran nuestra capacidad de análisis de la realidad y de toma de decisión sobre los consumos que realizamos.
Cuando se retira de forma brusca o se disminuye el consumo de una droga o un comportamiento adictivo que ya ha producido dependencia, aparecen síntomas psíquicos y físicos diferentes según la sustancia y según la conducta. A este conjunto de síntomas se le llama Síndrome de Abstinencia.
Algunos síndromes de abstinencia requieren atención médica por su peligrosidad, como es el caso del alcohol y los barbitúricos. Otras sustancias presentan síndromes de abstinencia, que en muchos casos no presentan signos muy marcados o aunque los presente no reviste riesgo para quien consume. No obstante, se recomienda siempre pasar el síndrome con supervisión médica.
No necesariamente. El uso ocasional de una sustancia o de entornos digitales no deriva automáticamente en un problema o en una adicción. Sin embargo, es fundamental entender que cualquier contacto con sustancias adictivas incrementa el riesgo de desarrollar un patrón problemático en el futuro.
Asimismo, la vulnerabilidad individual juega un papel crucial: en personas con mayor predisposición, incluso un consumo aislado de sustancias de alta toxicidad puede desencadenar consecuencias adversas graves para la salud, con independencia de que se llegue a desarrollar una dependencia formal.
El consumo de varias sustancias, mezcladas o consumidas alternativamente, multiplica los riesgos para la salud. Esta pauta de consumo, conocida como policonsumo, es la más habitual. De hecho, es difícil encontrar personas que consuman una única sustancia, aunque sí es frecuente que se consuma una de ellas de forma principal.
Se produce, bien cuando se toma una cantidad excesiva de una sustancia que el organismo no consigue asimilar, o por la toxicidad de alguno de sus componentes/adulterantes. La intoxicación aguda requiere una intervención sanitaria urgente.
Una sobredosis ocurre cuando una sustancia provoca efectos tóxicos graves en el organismo, superando su capacidad de metabolización o afectando funciones esenciales para la vida. Puede deberse a un consumo excesivo, a la adulteración de la sustancia, a una tolerancia reducida o a la combinación con otras drogas. En los casos más graves, puede provocar el coma o la muerte.
Aunque el diálogo abierto y empático es una herramienta valiosa, es importante reconocer que no siempre es posible establecerlo de inmediato. Observar ciertos signos de alerta puede ser útil, por ejemplo: cambios repentinos en el comportamiento o el estado de ánimo, descenso en el rendimiento académico o laboral, alteraciones en los hábitos de sueño o alimentación, pérdida de interés en actividades previamente disfrutadas, o la presencia de objetos inusuales como papel de liar, pipas o envases sospechosos. Si se identifican varios de estos indicadores, es recomendable buscar la orientación de profesionales especializados.
Un aumento inexplicable en el gasto de dinero, la acumulación de deudas o la solicitud frecuente de préstamos a amistades y familiares pueden ser señales de alerta de un posible problema de adicción. Estos comportamientos financieros, especialmente cuando se acompañan de otros cambios en el comportamiento o en las relaciones personales, podrían indicar la necesidad de buscar ayuda profesional.
Cambios físicos y de salud en un adolescente o en una persona con problemas de adicción, pueden ser indicios de consumo de sustancias. Señales como pérdida de peso, palidez, fatiga persistente, ojos enrojecidos, pupilas dilatadas o contraídas, descuido en la higiene personal y alteraciones en los patrones de sueño son comunes en estos casos. Si observas varios de estos signos, es importante abordar la situación desde la empatía, evitando reacciones impulsivas o juicios que puedan cerrar la comunicación.
Si sospechas que tu hijo/a o una persona allegada tiene un problema de consumo o uso abusivo, es fundamental actuar con serenidad. Evita confrontaciones impulsivas y busca un momento adecuado para dialogar. Expresa tus preocupaciones de manera clara y sin juicios, fomentando un ambiente de confianza que facilite la comunicación. Escucha activamente sus respuestas y evita interrumpir o reaccionar de forma negativa. Si confirma el consumo o persisten las dudas, considera buscar orientación profesional especializada.
La fijación de límites claros y coherentes es esencial para reducir el acceso a conductas adictivas y transmitir una postura firme frente al consumo. Según el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA), una supervisión parental efectiva que incluya el conocimiento del entorno social de los hijos y la aplicación consistente de normas constituye uno de los pilares fundamentales para prevenir el desarrollo de adicciones en la adolescencia.
Es importante que padres y madres comprendan que la inacción ante conductas irresponsables puede ser interpretada por hijas e hijos como una forma de aceptación. Por ello, es recomendable establecer acuerdos sobre horarios de salida y asignación de dinero, adaptados a la edad y madurez y revisarlos periódicamente. Por último, es importante que estas medidas vayan acompañadas de un entorno familiar que promueva el diálogo, la confianza y el apoyo emocional.
Si, a pesar de los esfuerzos realizados, tu familiar no reconoce su consumo, es importante mantener una postura firme y coherente. Aunque es natural que surjan dudas o sentimientos de culpa, ceder ante estas emociones puede dificultar el proceso de cambio. Establecer límites claros y comunicar las consecuencias del consumo dentro del entorno familiar puede ayudar a proteger el bienestar de todos los miembros de la familia. Es fundamental dejar claro que el apoyo familiar está disponible, pero que el consumo de sustancias o cualquier otra conducta de riesgo no será aceptado en el hogar.
Cuando la convivencia con una persona que tiene una adicción se vuelve insostenible, es comprensible que se considere poner límites más firmes. Es importante dejar claro que el consumo o la conducta de abuso no se tolera en el hogar, pero también saber que, legalmente, no se puede echar a un hijo o hija menor ni mayor de edad sin un procedimiento judicial de desahucio por precario. En situaciones tan complejas, es altamente recomendable buscar la orientación de profesionales especializados en adicciones y asesoramiento legal para tomar decisiones informadas y adecuadas.
Si no sabes qué hacer ante una posible situación de consumo de drogas o adicción comportamental de una persona cercana, es importante saber que no estás solo/a. Compartirlo con alguien de confianza y buscar ayuda profesional, es un primer paso fundamental. El equipo profesional evaluará la situación y propondrá las opciones de tratamiento más adecuadas. Permitir que la persona con problemas de adicción participe en la elección del tratamiento puede aumentar su compromiso y motivación. Para recibir orientación personalizada y conocer los recursos más adecuados a tu situación, puedes llamar al Servicio de Información y Orientación de Fad juventud (teléfono gratuito y confidencial: 900 16 15 15).
Buscar asesoramiento profesional es recomendable no solo cuando la persona afectada reconoce su consumo y está dispuesta a recibir ayuda, sino también en etapas previas, incluso si la persona afectada aún no acepta su problema. En España, la red pública de atención a las drogodependencias ofrece diversos recursos que incluyen no solo tratamiento para la persona con adicción, sino también servicios de orientación y apoyo para las familias.
Estos servicios pueden ayudar a las familias a comprender la situación, gestionar sus emociones y establecer estrategias adecuadas para abordar el problema.
Para recibir orientación personalizada y conocer los recursos más adecuados a tu situación, puedes llamar al Servicio de Información y Orientación de Fad juventud (teléfono gratuito y confidencial: 900 16 15 15).
Es natural que madres y padres se sientan culpables cuando descubren que su hija o hijo tiene problemas de adicción. Sin embargo, las investigaciones muestran que las conductas adictivas responden a una combinación de factores biológicos (genética, neuroquímica,..), psicológicos (emociones, pensamientos, impulsividad,...) y sociales (familia y entorno, amistades, contexto socioeconómico, disponibilidad,...). La culpa no solo no ayuda, sino que puede bloquear la toma de decisiones. Lo más constructivo es centrarse en lo que sí puede hacerse ahora: buscar orientación profesional, establecer límites saludables y ofrecer apoyo sin sobreproteger. El papel de la familia es relevante, pero no exclusivo.
La clasificación de drogas con mayor aceptación se basa en los efectos que tienen sobre el Sistema Nervioso Central, y como consecuencia, sobre el resto del organismo. Así, las sustancias se dividen en depresoras, que atenúan o inhiben su funcionamiento (por ej. alcohol, opiáceos como la heroína, ansiolíticos); estimulantes, que aceleran su funcionamiento (cocaína, anfetaminas, nicotina) y perturbadoras (Cannabis, LSD, éxtasis - MDMA), que alteran su actividad y la percepción de la realidad.
Sí, las drogas pueden producir alteraciones muy variables en el plano psicológico: cambios en el estado de ánimo, entorpecimiento de las funciones relacionadas con el aprendizaje, la memoria, la concentración, aparición de ideas paranoides, alucinaciones, delirios, crisis de ansiedad, estados de ánimo muy cambiantes, reacciones de pánico, apatía, agresividad, o incluso trastornos psicóticos. Todas estas alteraciones dependerán de la sustancia, el uso que se realice de ellas y las características individuales de la persona consumidora, incluyendo su predisposición biológica.
No, consumir drogas no implica necesariamente desarrollar una adicción. Hay muchas personas que consumen sustancias durante un tiempo y no llegan a generar una adicción. Lo que sí es cierto es que cualquier persona que tiene una adicción, ha empezado con consumos puntuales, ya que desde los primeros consumos hasta la aparición de una dependencia, existe un proceso que puede prolongarse en el tiempo y que varía en cada persona. A lo largo de ese proceso, el individuo puede continuar consumiendo si experimenta efectos que percibe como positivos (como placer, evasión o aceptación social), lo que puede llevar a un patrón de consumo cada vez más problemático. Uno de los mayores riesgos es la percepción de control sobre el consumo, que puede dificultar la identificación del problema.
Existen consumos experimentales (suelen corresponder con situaciones de consumo inicial); consumos ocasionales donde se realiza un uso intermitente de la droga, conociendo sus efectos, aunque sin depender aún; consumos habituales donde se utiliza la droga frecuentemente, pudiendo implicar problemas para la salud; y consumos compulsivos donde el sujeto necesita la sustancia para evitar el malestar propio del síndrome de abstinencia (ya hay dependencia y ya no se consume por obtener placer).
La adicción es un proceso complejo y variable que depende de muchos factores, por lo que no existe un tiempo concreto a partir del cual una persona pueda considerarse adicta. Sin embargo, suele ser frecuente que, a mayor cantidad de consumo, mayor frecuencia, menor edad de la persona consumidora, menor distanciamiento entre dosis, consumos prolongados y mayor vulnerabilidad biológica, el tiempo se vaya reduciendo.
Sí, la vía de administración influye en la peligrosidad, ya que determina la rapidez, intensidad y duración del efecto, así como el daño que puede causar al organismo. Por ejemplo, la vía intravenosa, suele conllevar mayor riesgo de sobredosis, dependencia y efectos adversos en comparación con otras vías como la oral.
Sí. Las pautas de consumo de menor riesgo son aquellas pautas o comportamientos dónde aún existiendo un consumo, se trata de minimizar los efectos negativos del mismo.
Estas pautas serían: informarse sobre la calidad y efectos de las sustancias, consumir dosis bajas, espaciar al máximo el consumo, no mezclar sustancias, utilizar las drogas en un contexto tranquilo y si es posible en compañía de una persona que no consuma, no compartir utensilios para evitar infecciones, no utilizarla en situaciones de riesgo (conducción, embarazo, trabajo, etc.) ni cuando existen patologías orgánicas o psicológicas que se puedan agravar por estos consumos.
La mezcla de dos o más sustancias aumenta el peligro de su uso y los problemas derivados tanto del efecto inmediato al consumo, como aquellos que pueden aparecer a largo plazo.
Existen diversos métodos para detectar el consumo de sustancias, siendo el análisis de orina uno de los más extendidos debido a su sencillez, fiabilidad y accesibilidad (los kits de detección suelen estar disponibles en farmacias). Es fundamental considerar que cada sustancia tiene un tiempo de permanencia específico en el organismo, lo que condiciona el periodo en el que puede ser detectada.
Además de la orina, existen otras vías de detección: a través del cabello, la saliva, el sudor o el aliento. Para obtener resultados de mayor precisión clínica, se puede recurrir a un análisis toxicológico en sangre, el cual debe ser solicitado y supervisado por un profesional médico o un laboratorio especializado.
Las actuaciones preventivas se desarrollan principalmente en cuatro ámbitos: familiar, escolar, laboral y comunitario. En todos ellos se pueden transmitir valores y actitudes adecuadas para fomentar la prevención de adicciones y conductas de riesgo. Actualmente, existen programas específicos para cada uno de los ámbitos (cursos de formación para padres y madres, mediadores/as sociales, programas de prevención en empresas, para escolares…) impartidos por distintos profesionales. En Fad Juventud hay una oferta amplia de programas y formaciones preventivas.
Sí. La base primordial de la prevención del consumo de drogas y otras conductas adictivas es la educación, y esto es tarea de todos los miembros de una sociedad (familias, docentes, profesionales, medios de comunicación, etc.).
No obstante, desde cualquier lugar del que se intervenga será importante contar con el apoyo de profesionales y de conocimientos específicos sobre el tema.
Los factores de riesgo son aquellas características personales o sociales que hacen que aumente la probabilidad de que una persona inicie y/o mantenga el consumo de una sustancia o una conducta de abuso (juego de apuestas, uso inadecuado de la tecnología,..), mientras que los factores de protección son aquellos que reducen la probabilidad de que exista un problema de consumo o de desarrollar otra conducta adictiva. Ambos se pueden dividir en factores individuales (edad, rasgos de personalidad, carga genética) y factores sociales (entorno familiar, escolar, disponibilidad social, publicidad, percepción de riesgo, etc.).
Algunos de los factores de riesgo que aumentan la probabilidad de desarrollar una adicción, son: edad de inicio temprana, baja autoestima, alta impulsividad, baja tolerancia a la frustración, falta de habilidades sociales, ambiente familiar inestable, presión de grupo hacia el consumo, alta disponibilidad de la sustancia, baja percepción de riesgo o publicidad de la conducta de riesgo.
Sí, es importante hablar de drogas para prevenir su consumo. Las personas necesitan conocer los riesgos de forma clara y objetiva. No dar información por miedo a despertar curiosidad puede tener el efecto contrario: aumentar esa curiosidad y llevar a buscar respuestas en fuentes que no siempre son fiables, como algunas amistades, redes sociales o medios de comunicación.
Más allá de detectar posibles señales de alerta, la influencia de la familia se extiende a la transmisión de valores, el establecimiento de normas claras y la creación de un entorno afectivo y de confianza. Un estilo de crianza basado en la comunicación abierta, la supervisión adecuada y el apoyo emocional contribuye significativamente a reducir el riesgo de que hijas e hijos recurran a conductas adictivas (consumo de sustancias, uso inadecuado de pantallas, etc.) como forma de afrontamiento o integración social.
Al hablar con tus hijas o hijos sobre drogas, juego de apuestas, pantallas, es más efectivo enfocarse en los beneficios que aporta no consumir, no jugar, o hacer un uso adecuado de las pantallas, que enfocarse en los riesgos. Utiliza mensajes claros y sencillos, relacionados con su vida cotidiana, evitando dramatizar o presentar situaciones extremas. Es importante emplear un lenguaje apropiado, evitando términos técnicos o jerga que pueda generar confusión. Recuerda que, aunque es positivo mantener una relación cercana, tu rol como madre o padre implica establecer límites y transmitir valores. Fomentar un diálogo abierto y respetuoso, donde se sientan escuchados y comprendidos, contribuirá a una comunicación más efectiva.
Registrar las pertenencias de un hijo o hija ante la sospecha de consumo de drogas no es una medida recomendada. Aunque puede parecer una forma rápida de obtener información, esta acción puede deteriorar la confianza mutua, esencial para abordar el problema de manera efectiva.
Es preferible fomentar un ambiente de comunicación abierta, manteniendo un diálogo sincero y empático, expresando las preocupaciones, ofreciendo apoyo y estableciendo normas claras en el hogar. Si persisten las dudas o la situación se complica, es recomendable buscar la orientación de profesionales especializados.
Sí, la información debe adaptarse a la edad, nivel de desarrollo, madurez y experiencia de hijas e hijos. Es fundamental ajustar el contenido y la forma de los mensajes a las características y necesidades de cada etapa evolutiva. Con las y los más pequeños, se recomienda abordar temas relacionados con las drogas legales, como el alcohol y el tabaco, utilizando un lenguaje sencillo y comprensible. A medida que crecen, se pueden introducir conversaciones sobre drogas ilegales y otras conductas de riesgo, siempre en un contexto de diálogo abierto y adaptado a su nivel de comprensión.
La comunicación abierta y continua en el entorno familiar es una herramienta fundamental en la prevención del consumo de sustancias y comportamientos adictivos. Fomentar un clima de confianza y diálogo facilita que hijas e hijos compartan sus inquietudes y dudas, permitiendo a los padres y madres ofrecer información adecuada y apoyo emocional. Se recomienda abordar el tema con naturalidad, escuchando activamente y mostrando empatía. De esta manera, se fortalece el vínculo familiar y se promueve el desarrollo de habilidades para resistir la presión social y tomar decisiones informadas. Además, el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA) destaca que los programas de prevención más efectivos son aquellos que involucran a la familia y promueven la comunicación positiva entre padres y madres e hijos/as.
Es importante no esperar a que nos pregunten: situaciones cotidianas, como una escena en una serie o una noticia, pueden ser buenas oportunidades para iniciar la conversación. Eso sí, conviene elegir momentos tranquilos, sin tensión ni distracciones, y evitar hablar si nuestra hija o hijo está bajo los efectos de alguna sustancia.
Establecer horarios de salida y asignación de dinero con hijas e hijos es una oportunidad para fomentar la responsabilidad y la autonomía. Es recomendable negociar estas normas de manera conjunta, adaptándolas a su edad y madurez. Comparar con lo que hacen otras familias puede servir como referencia inicial, pero cada familia debe establecer sus propias reglas basadas en sus valores y circunstancias.
Es importante que comprendan que el cumplimiento de las normas conlleva beneficios, como mayor libertad y autonomía. Por el contrario, el incumplimiento puede implicar restricciones. Esta coherencia entre comportamiento y consecuencias refuerza el aprendizaje de la responsabilidad.
Además, mantener una comunicación abierta y constante sobre estas normas fortalece el vínculo familiar y actúa como factor de protección frente a conductas de riesgo.
Un tratamiento de adicciones es un proceso individualizado que tiene como objetivo mejorar la situación de la persona consumidora y facilitar un cambio en su estilo de vida. Este proceso comienza con un paso fundamental: el reconocimiento del problema y la decisión personal de cambiar, aceptando la ayuda necesaria para lograrlo. A partir de ahí, el tratamiento puede incluir distintas fases y enfoques, que varían según las necesidades de cada persona. Existen diferentes metodologías y modalidades asistenciales, todas ellas basadas en estrategias terapéuticas psicológicas, sanitarias, educativas y sociales, orientadas a apoyar la recuperación integral.
Cuando una adicción se integra en la vida de una persona, de tal manera que la organiza supeditando otras metas vitales como relaciones afectivas estables, mantenimiento de un trabajo o del nivel de estudios, o acarreando problemas legales, se hace imprescindible solicitar un tratamiento. Sin embargo, no es necesario esperar a situaciones de gravedad para recurrir a un centro asistencial, ya que en ellos las personas con adicción y sus familias, van a encontrar información y orientación para analizar, valorar y abordar la situación de consumo.
Aunque es posible abandonar una adicción de forma autónoma en etapas iniciales, la realidad es que la actitud o la fuerza de voluntad suele ser insuficiente cuando la dependencia se consolida. Intentar el proceso en solitario conlleva un alto riesgo de recaídas, ya que no se cuenta con las herramientas necesarias para gestionar los factores psicológicos y sociales que mantienen el hábito.
Para lograr una recuperación completa y duradera, la evidencia demuestra que lo más efectivo es acudir a profesionales que empleen terapias con evidencia científica. Estos programas no solo ofrecen contención emocional y apoyo familiar, sino que proporcionan estrategias específicas y probadas para reestructurar la vida del individuo, transformando un camino incierto y solitario en un proceso con bases sólidas y resultados sostenibles.
Según los objetivos marcados por los programas, existen:
Programas Libres de Drogas: su objetivo es la abstinencia y el cambio en el estilo de vida de la persona afectada. Tienen tres fases: desintoxicación (se trata la dependencia física y suele realizarse en una unidad de desintoxicación), rehabilitación (se reestructura la vida de la persona, recuperando las relaciones familiares, sociales… y suele llevarse a cabo en un centro ambulatorio, una comunidad terapéutica o en un centro de convivencia), y reinserción (se facilita su adaptación al medio social, normalmente desde un centro ambulatorio).
Programas de Reducción de Daños: su objetivo es la mejora de la calidad de vida de la persona consumidora sin pretender su abstinencia (programas de metadona, centros de emergencia social, dispositivos móviles…).
Los tratamientos son llevados a cabo por equipos multidisciplinares de distintos ámbitos de actuación, principalmente el sanitario, el educativo y el social, así se incluyen médicos, psiquiatras, psicólogos/as, trabajadores/as sociales, educadores/as, monitores/as, personal de enfermería, etc. Es importante informarse acerca de la cualificación profesional del personal encargado de estos programas, es decir, su formación y preparación específica, ya que existen centros que no cuentan con esta condición.
Con la desintoxicación lo único que se consigue es que la persona quede “limpia” físicamente, es decir, que el organismo no necesite la sustancia para funcionar con normalidad. Pero solo con este tipo de intervención, no se suprime la dependencia psicológica, por lo que las posibilidades de recaer son bastante elevadas. La desintoxicación es únicamente una etapa tras la cual se debe continuar el proceso terapéutico cuyo fin último será la rehabilitación y la reinserción social.
Las recaídas son relativamente frecuentes en los procesos de recuperación y no significa que el tratamiento haya fracasado. Lo esencial es cómo se afronta esa situación: no tener miedo a pedir ayuda profesional si es necesario, aprender de lo ocurrido, identificar qué la ha provocado y reforzar las herramientas para evitar que vuelva a suceder.
El papel de la familia, si la hay, es un pilar fundamental en el éxito del proceso de recuperación, actuando no solo como el primer motor de cambio, sino como el soporte emocional que sostiene el tratamiento a largo plazo. Su intervención comienza a menudo incluso antes de la desintoxicación, al ayudar al individuo a reconocer su situación y motivarlo a buscar ayuda profesional. Una vez iniciado el proceso, el entorno familiar ofrece un respaldo paralelo que resulta decisivo para la estabilidad del paciente y su posterior reintegración social.
En la página web de la Delegación de Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas se pueden buscar los centros de tratamiento públicos. También se puede contactar con el Servicio de Información y Orientación de Fad Juventud de lunes a viernes de 9h a 20h, en el teléfono 900 16 15 15.
Esta encuesta se lleva a cabo desde el Plan Nacional sobre Drogas del Ministerio de Sanidad de forma bienal, desde 1994, en estudiantes de Enseñanzas Secundarias de 14 a 18 años. Para su realización se cuenta con la colaboración de las Comunidades y Ciudades Autónomas.
El OEDA depende de la Delegación de Gobierno para la Delegación de Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, publica cada año informes estadísticos completos con tendencias, indicadores y análisis sobre consumo de drogas y adicciones en España. Incluyen Estadísticas 2025 y tablas comparativas con años anteriores, útiles para trabajos o investigaciones.
Publicado en 2026 pero basado en datos recogidos en 2025 (incluye la Encuesta ESTUDES 2025 con más de 35.000 estudiantes de 14–18 años). Acceso al informe.
Proporciona datos sobre:
Prevalencia de adicciones comportamentales (por ejemplo, juego de azar presencial y online).
o problemático de internet y redes sociales.
Admisiones a tratamiento por adicciones sin sustancia.
En España, el consumo de drogas en lugares públicos, como vías, establecimientos o transportes, no constituye un delito penal, pero sí es considerado una infracción administrativa grave según la Ley Orgánica 4/2015, de Protección de la Seguridad Ciudadana. Es importante destacar que el consumo privado en espacios no públicos no está penalizado, siempre que no esté relacionado con actividades de tráfico o posesión con fines de distribución, las cuales sí están tipificadas como delitos en el Código Penal.
Si una persona es sorprendida consumiendo sustancias ilegales en la vía pública en España, se le impondrá una sanción administrativa conforme a la Ley Orgánica 4/2015, de Protección de la Seguridad Ciudadana. Esta infracción se considera grave y conlleva una multa que oscila entre 601 y 30.000 euros. Además, pueden aplicarse sanciones accesorias como la suspensión del permiso de conducir por un período de hasta tres meses, la retirada o suspensión de la licencia de armas y la incautación de las sustancias encontradas.
El cultivo de marihuana en el domicilio no está expresamente legalizado en España, pero la jurisprudencia ha reconocido que el cultivo para autoconsumo, realizado en un espacio privado, sin ánimo de tráfico y no visible desde la vía pública, no constituye delito penal.
No obstante, si el cultivo es visible desde el exterior o se exceden cantidades razonables para el consumo personal, puede conllevar una sanción administrativa. Si existen indicios de tráfico (por cantidad, distribución, materiales, etc.), el cultivo sí puede ser considerado delito contra la salud pública conforme al artículo 368 del Código Penal, con penas de 1 a 3 años de prisión y multa del tanto al duplo del valor de la droga.
El Reglamento General de Circulación establece como límite máximo de alcoholemia permitido para conducir 0,5 gramos por litro de alcohol en sangre (0,25 mg/l en aire espirado) para conductores en general. Para conductores noveles (con menos de dos años de experiencia) y profesionales del transporte, el límite es de 0,3 gramos por litro de alcohol en sangre (0,15 mg/l en aire espirado). Existe una proposición de Ley para bajar estos límites máximos a 0,2 g/l en sangre para conductores generales, pero actualmente (abril 2026) está desestimada.
Límite Penal: Superar los 1,2 g/l en sangre o 0,60 mg/l en aire espirado se considera un delito contra la seguridad vial, castigado con penas de prisión, multas y la pérdida del carné de 1 a 4 años.
Dado que la cantidad de alcohol en sangre puede variar según factores individuales como el peso, el sexo, la edad, el metabolismo y la alimentación previa, la DGT recomienda no consumir ninguna cantidad de alcohol si se va a conducir.
En España, el ingreso involuntario de una persona en un centro de tratamiento por adicciones está regulado por el artículo 763 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, que establece que dicho internamiento requiere autorización judicial cuando la persona no está en condiciones de decidirlo por sí misma debido a un trastorno psíquico.
En situaciones de urgencia, el responsable del centro puede proceder al internamiento, debiendo informar al tribunal competente en un plazo máximo de 24 horas para que este ratifique la medida en un plazo de 72 horas.
En el caso de menores de edad, el internamiento se realizará en un establecimiento adecuado a su edad, con la autorización de los padres o tutores legales (en casos de conflicto, con intervención judicial).
Por tanto, si una persona mayor de edad no ha sido tutelada mediante curatela judicialmente y no se encuentra en una situación que justifique un internamiento urgente por trastorno psíquico, no puede ser obligada legalmente a iniciar un tratamiento en contra de su voluntad.
Es natural que sientas miedo o angustia ante esta situación, pero lo más importante es mantener la calma para poder ser el apoyo que tu hijo o hija necesita. La ideación suicida no es un desafío, sino una expresión de un sufrimiento profundo que el/la menor no sabe cómo gestionar.
Si has detectado señales o tu hijo/a lo ha verbalizado, los expertos recomiendan seguir estas pautas:
Escucha activa y validación: Deja que se exprese sin juzgar, sin reproches y sin minimizar sus sentimientos.
Prioriza la seguridad: Retira de su alcance cualquier medio lesivo (objetos punzantes, medicamentos, etc.) y evita que se quede solo/a el mayor tiempo posible.
Comunicación serena: Busca momentos de tranquilidad para hablar desde la calma, transmitiendo que entiendes que lo está pasando mal y que vas a estar a su lado.
Evita la culpabilización: El suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial; no es culpa de los padres ni de las madres.
Muestra la temporalidad: Ayúdale a entender que los problemas tienen solución y que el malestar que siente ahora no será para siempre.
Si existe un riesgo inminente o te sientes desbordado/a, utiliza estos recursos de ayuda inmediata:
Emergencias: 112 (disponible 24h para atención inmediata).
Línea 024: Atención a la conducta suicida (Ministerio de Sanidad).
Es importante entender que, en la mayoría de los casos, estas conductas no buscan el suicidio, sino que son una forma de gestionar un dolor emocional que les desborda. La autolesión funciona como una "válvula de escape" para aliviar un malestar que no saben expresar con palabras, permitiéndoles transformar un sufrimiento psicológico invisible en un dolor físico que sienten que pueden controlar o que les distrae momentáneamente de su angustia interna. Es, en esencia, un intento disfuncional de autorregulación emocional ante una falta de estrategias de afrontamiento más saludables.
Ante esta situación, la prioridad es mantener un entorno de seguridad y confianza:
Mantén la calma y evita el castigo: Reaccionar con gritos, enfado o castigos solo aumentará su sentimiento de culpa y aislamiento. Necesita sentir que tu apoyo es incondicional, incluso en los momentos más difíciles.
Escucha sin juzgar: Trata de comprender qué siente en lugar de centrarte solo en la herida física. Validar sus emociones (aunque no compartas la forma de expresarlas) es el primer paso para la recuperación.
No minimices el riesgo: Aunque la autolesión no siempre indique intención suicida, es el principal indicador de riesgo de conducta suicida futura. Nunca lo consideres una simple "llamada de atención".
Asegura el entorno: De forma discreta y sin que parezca un interrogatorio, retira objetos peligrosos (cuchillas, fármacos, etc.) que puedan facilitar la conducta en un momento de crisis.
Busca ayuda especializada:
Emergencias: 112 (disponible 24h para atención inmediata).
Línea 024: Atención a la conducta suicida (Ministerio de Sanidad).
La ansiedad es una emoción natural y una respuesta defensiva del organismo ante situaciones que percibimos como una amenaza (ya sea real o no). Su función es prepararnos para la "lucha o huida" mediante la liberación de hormonas como el cortisol y la adrenalina.
¿Cómo puedo distinguir si mi ansiedad es normal o empieza a ser un problema?
La ansiedad es funcional (“normal”) cuando nos ayuda a estar alerta ante un posible peligro o amenaza. Por ejemplo, sentir un poco de ansiedad antes de un exámen, de una presentación o antes de que se dé una situación importante es funcional ya que te ayudará a prevenir posibles consecuencias negativas de esta. Esta ansiedad es proporcional al peligro real de esa situación y desaparece cuando la situación ha pasado.
La ansiedad empieza a no ser funcional (“anormal”) cuando la intensidad es desproporcionada, se mantiene en el tiempo sin un peligro real y genera un malestar que interfiere con la vida cotidiana.
Ante este último punto es cuando debemos prestar especial atención a cómo gestionamos las situaciones y qué síntomas, tanto físicos como psíquicos se desarrollan.
Los síntomas más comunes de un ataque de ansiedad/pánico son:
Síntomas Físicos
Corazón: Palpitaciones o ritmo acelerado.
Respiración: Sensación de asfixia o falta de aire.
Pecho: Opresión o dolor agudo.
Cuerpo: Sudoración, temblores, mareos y náuseas.
Síntomas Mentales
Terror: Miedo intenso a morir o a "volverse loco/a".
Desconexión: Sentir que el entorno o tú mismo/a no son reales.
Pérdida de control: Sensación de que no puedes dominar tus actos.
Algunas señales que pueden indicar que tu hija o hijo está sufriendo ciberacoso, son:
Cambios en su comportamiento: ansiedad al revisar su teléfono, aislamiento social o cambios de humor repentinos.
Evitar redes sociales: dejar de acceder a ciertas plataformas o no querer hablar sobre lo que sucede en ellas.
Falta de interés en actividades normales o en actividades que antes disfrutaba.
Sentimientos de vergüenza o culpa excesivos.
Escucha sin juzgar: valida sus emociones y no minimices lo que siente..
Recopila pruebas: Antes de bloquear a nadie, haced capturas de pantalla de los insultos, fotos o amenazas.
Bloquea y reporta: Usa las herramientas de la aplicación para cortar el contacto y denunciar el contenido.
Comunica al centro escolar: Aunque ocurra fuera del horario lectivo, el colegio debe conocerlo para activar el protocolo de convivencia.
Refuerza su autoestima: Recuérdale que no es su culpa y que estás ahí para solucionarlo juntos/as.
Mantén la calma pero sé firme: No ignores la situación. El ciberacoso es grave y puede tener consecuencias legales para los padres y las madres.
Investiga el motivo: A veces el acoso es una reacción a algo más profundo (baja autoestima, necesidad de pertenencia o haber sido víctima antes).
Hazle responsable: Debe pedir disculpas (si es seguro para la víctima) y borrar todo el contenido ofensivo inmediatamente.
Establece consecuencias: Limita el uso de la tecnología y supervisa su actividad digital de forma más estricta durante un tiempo.
Trabaja la empatía: Ayúdale a entender el daño real que causan sus palabras o actos detrás de una pantalla.
Pérdida de control: Le resulta imposible dejar el dispositivo a pesar de haberlo acordado o de que existan consecuencias negativas.
Prioridad absoluta: Abandona actividades que antes le gustaban (deporte, hobbys, salir con amigos) para estar conectado/a.
Aislamiento social: Prefiere la interacción virtual a la presencial, incluso cuando está con personas de su edad.
Alteración del descanso y la higiene: Se queda despierto/a hasta altas horas de la madrugada ("vamping") o descuida sus rutinas básicas de autocuidado.
Irritabilidad y "síndrome de abstinencia": Reacciona con agresividad, ansiedad o tristeza profunda cuando no puede usar la pantalla o se le retira el dispositivo.
● Bajada en el rendimiento académico: Dificultad para concentrarse en los estudios debido a la preocupación constante por lo que ocurre en el entorno digital.
Establecer un "Contrato Digital": Acordar de manera conjunta tiempos y lugares de uso (por ejemplo, "cenas sin móviles").
Fomentar el ocio alternativo: Proponer actividades atractivas fuera de las pantallas que impliquen movimiento o contacto social real.
Ser ejemplo: Las y los menores imitan el comportamiento de sus figuras de referencia; revisa tu propio consumo de pantallas.
Acompañamiento crítico: Interésate por lo que hacen en la red. No se trata de vigilar, sino de compartir y entender qué necesidades emocionales están cubriendo a través de la pantalla.
Refuerzo positivo: Valora y felicita sus esfuerzos cuando logren desconectarse voluntariamente o cumplan con los horarios pactados. El refuerzo positivo es mucho más eficaz que la amenaza constante para cambiar hábitos.
Entrenar la tolerancia a la frustración: La inmediatez de las pantallas acostumbra a los jóvenes a obtener gratificación instantánea. Promueve actividades que requieran esfuerzo y paciencia (cocinar, juegos de mesa, lectura, manualidades) para equilibrar esa necesidad de "clic y recompensa".
Preocupación excesiva por el dinero: pide dinero con más frecuencia, aparecen pequeñas desapariciones de dinero en casa.
Te oculta la pantalla, cierra pestañas del navegador rápidamente o utiliza el móvil de forma compulsiva en horarios extraños.
Cambios en el estado de ánimo: Se muestra especialmente irritable, ansioso o deprimido, sobre todo después de periodos de uso de internet.
Pierde el interés por estudios, deportes o amistades que antes disfrutaba.
Empieza a usar términos técnicos del mundo de las apuestas (cuotas, "stake", combinadas, pronósticos)
Mentiras y justificaciones: inventa excusas para justificar gastos desproporcionados de dinero
Mantén la calma y valida sus emociones: Es probable que tu hijo/a sienta culpa, miedo o vergüenza. Escúchale sin juzgar, aunque haya enviado una foto o haya hablado con una persona desconocida.
No borres nada: borrar los mensajes o fotos hace que no tengas pruebas para poder denunciar ante las autoridades.
Haz capturas de pantalla de todo: conversaciones, perfiles del acosador, fotos enviadas y números de teléfono.
No bloquees al acosador de inmediato sin haber guardado antes las pruebas, ya que el perfil podría desaparecer.
Una vez aseguradas las pruebas, bloquéale. El acosador suele utilizar el chantaje ("si no me das más, publicaré esto"); ceder solo alimenta el ciclo.
Una vez guardadas las pruebas del delito y bloqueado al acosador, es vital acudir a organizaciones que tengan capacidad de acción legal, retirada de contenidos y atención psicológica especializada.
Servicio de información y Orientación De Fad Juventud
Teléfono: 900 16 15 15
WhatsApp general: 681 155 160
WhatsApp jóvenes entre 16 y 29 años: 623 220 570
Fundación ANAR
Teléfono para niños/adolescentes: 900 20 20 10
Teléfono para familias: 600 50 51 52
El sexting consiste en el envío de mensajes, fotos o vídeos de contenido erótico o sexual personal a través de dispositivos tecnológicos (móviles, redes sociales, apps de mensajería).
Es importante entender que, para muchas y muchos adolescentes, el sexting es visto como una forma de "coqueteo" o una extensión de sus relaciones afectivas. Sin embargo, el riesgo real no está en el envío en sí, sino en la pérdida de control sobre ese contenido una vez que sale de su dispositivo.
Mantén la calma y evita el juicio inmediato: siéntate a hablar desde la preocupación por su bienestar, no desde el enfado hacia él o ella.
Explica el concepto de Huella Digital y Privacidad: Hazle entender que una vez que envía una imagen, deja de ser suya. Puede ser reenviada, publicada o utilizada para chantajearle en el futuro, incluso años después. Lo que hoy parece una broma o una muestra de confianza, mañana puede ser un problema para él o ella.
Diferencia entre consentimiento y presión: Pregúntale si lo hace porque quiere o porque se siente presionado/a por su pareja o amigos. Ayúdale a entender que el verdadero respeto no exige pruebas gráficas y que tiene derecho a decir "no" en cualquier momento.
Evalúa si hay delito: si alguien está amenazando o ya ha realizado la difusión de sus imágenes o vídeos hay que guardar las pruebas y acudir a las autoridades (puedes ver más información en la pregunta de “¿A dónde debo acudir si mi hijo/a está siendo acosado sexualmente por internet?”).
El grooming se da cuando una persona adulta engaña a un o una menor por internet haciéndose pasar por un amigo/a o alguien de su edad para que el niño o la niña se sienta cómodo y, al final, conseguir fotos, vídeos íntimos o incluso intentar quedar en persona.
Este engaño no ocurre de golpe, sino que sigue un proceso muy estudiado: la persona adulta localiza al o a la menor en juegos o redes sociales y empieza a ganarse su confianza dándole consejos o haciéndole regalos virtuales. Una vez que existe un vínculo, le convence de que su amistad debe ser un secreto para que su madre o su padre no "lo estropeen", logrando así que el menor se aísle. Finalmente, cuando consigue una foto o información sensible, pasa al chantaje, amenazando con difundir ese material si no recibe más fotos o vídeos.
Tu apoyo es su escudo: Lo más importante es que tu hijo/a sepa que, si alguien le empieza a pedir cosas raras o si ha cometido el error de enviar una foto, puede contártelo sin miedo.
Cero secretos: Si alguien le pide que oculte su conversación a las personas adultas, es una señal de peligro inmediata.
Configuración de privacidad: revisa con ellos los ajustes de sus juegos y redes. Asegúrate de que solo sus amistades reales puedan escribirles por privado y que su perfil no sea público.
El valor de la webcam y las fotos: Enséñales que la cámara solo se abre con gente que conocen en persona y que jamás debe enviar fotos o vídeos sexuales, aunque sea a su pareja, amigo/a o conocido/a.
Sospecha de los regalos: Explícale que nadie regala "monedas" de juegos, pases de batalla o suscripciones a cambio de nada; es la forma que tienen los acosadores de crear una deuda emocional para luego pedir "favores".