
Tejiendo saberes ancestrales para la autonomía económica
Mujeres que tejen autonomía en Nariño y Putumayo
«La autonomía económica para mí es que las mujeres tengamos la posibilidad de manejar nuestros propios recursos económicos, tener nuestros propios ingresos y saberlos administrar.»
*Oneida Castillo Paz, Asociación Mujeres Unidas en la Chagra, Sembradoras de Paz
En el sur de Colombia, cada camino cuenta una historia desde el conflicto, pero también una historia que se convierte en un tejido. Durante décadas, el conflicto armado ha marcado la vida de las comunidades de Nariño y Putumayo, y lo ha hecho de manera distinta sobre el cuerpo y el proyecto de vida de las mujeres. Pero junto a esa herida ha crecido, terca y silenciosa, la capacidad de resistir, de continuar y de transformar: una fuerza que hoy se reconoce como una de las mayores capacidades de estos territorios y, sobre todo, de sus mujeres.

Las cifras confirman una realidad que se habita en el territorio y que tiene que ver con la desigualdad estructural y la violencia patriarcal. Según OCHA, durante 2025 en Nariño 8.469 mujeres fueron víctimas de desplazamiento forzado, amenazas y confinamiento; SIVIGILA registró 5.344 casos de violencia contra la mujer, un 77% del total y por encima de lo reportado en 2024, con la violencia física (49%) y sexual (26%) como las más frecuentes, y casi 7 de cada 10 hechos ocurridos dentro del propio hogar. En Putumayo, el panorama se repite y se agrava: 1.748 casos sospechosos de violencia hacia las mujeres y violencia intrafamiliar, un incremento del 22,67% frente al año anterior, con las mujeres representando el 77,5% de las víctimas y una tasa de delitos sexuales de 114 casos por cada 100.000 mujeres, una de las más altas del país.
Detrás de cada cifra hay una carga que rara vez se contabiliza: la del cuidado no remunerado, la de las brechas en el acceso a la tierra y a los medios de vida formales, la de la autonomía económica que se limita antes de poder ejercerse. El país mismo revela esta desigualdad cuando se mira desde lo rural: mientras el 51,5% de las unidades económicas urbanas tienen a una mujer como propietaria, ellas dirigen apenas el 24,7% de las Unidades de Producción Agropecuaria, frente al 73,2% que lideran los hombres, según el DANE. Es una brecha que no solo separa el campo de la ciudad, sino que revela las barreras propias de ser mujer en el territorio.
Esa desigualdad se sostiene, además, sobre los hombros de miles de mujeres que encabezan sus hogares. En Colombia, el 46,5% de los hogares tiene jefatura femenina y la pobreza los golpea con especial fuerza: 42,2% de percepción de pobreza en esos hogares, según el DANE (2025). Sostener económicamente una familia y, al mismo tiempo, asumir el trabajo de cuidado no remunerado es una doble carga que deja claro que la autonomía económica de las mujeres no puede fortalecerse sin transformar también cómo se reparten, como sociedad, las responsabilidades públicas y privadas.
«La mujer se ha empoderado en tener su propio emprendimiento y de esa manera tener sus ingresos económicos y ser independiente, y no estar dependiente de un tercero, sino que ella pueda desarrollar sus proyecciones de vida y poder sostener su familia, ya que en su gran mayoría son mujeres cabezas de hogar.»
Margoth Botina, Asociación de Mujeres Sembradoras de Paz
Frente a este panorama, el proyecto «Consolidando oportunidades para la construcción de paz y la mejora de vida de Mujeres y Juventudes en Nariño y Putumayo», implementado por Ruta Pacífica de las Mujeres y Fad Juventud con el apoyo de la Generalitat Valenciana, ha caminado junto a las mujeres desde una premisa sencilla y poderosa: no se construye desde cero, se construye sobre lo que ya se sabe hacer. Reconocer primero las capacidades y no las carencias ha guiado el trabajo con las organizaciones de mujeres en los territorios. Y desde una mirada interseccional y de género, el proyecto también ha entendido algo esencial: fortalecer un medio de vida no es solo generar ingresos, es tejer una medida de prevención frente a las violencias basadas en género y un motor de sostenibilidad para las redes de mujeres que resisten y construyen.

Esa forma de construir tiene rostro y sabe a territorio. Los emprendimientos colectivos de las mujeres de Nariño y Putumayo nacen de los saberes propios, ancestrales e históricos de sus pueblos: gastronomía tradicional, producción agroecológica, transformación de alimentos, artesanías, joyería artesanal y turismo comunitario. En cada uno de ellos se demuestra que el desarrollo económico liderado por mujeres no está reñido con la identidad cultural, el tejido social o el cuidado de los recursos naturales; al contrario, los fortalece.
«Como asociación y también como mujeres del sector rural, nos damos cuenta que también desde nuestros sectores donde nosotros vivimos podemos también ser fuertes y sacar adelante los proyectos que nos proponemos, porque desde nuestros territorios también cada mujer, cada niña, cada hogar que participamos nos vamos visibilizando en nuestros hogares y posteriormente en las comunidades y en el territorio de nuestro municipio.»
Elis Margot Obando Díaz, Asociación Cultivando Sueños

Ese camino, recorrido de manera individual y organizada, confirma la importancia de tejer redes de apoyo. Consolidar procesos organizativos más equitativos, sostenibles y resilientes en Nariño y Putumayo, por y para las mujeres, es hoy un objetivo compartido. Cada mujer que reconoce sus derechos y su potencial de creación no solo avanza en su autonomía económica: también siembra paz y resistencia pacífica, entendida en sus dimensiones política, económica, cultural y de protección propia.
Avances y desafíos que persisten
Reconocer los avances no implica desconocer los desafíos que persisten. A través de ejercicios de acompañamiento, escucha y diagnóstico territorial, Ruta Pacífica de las Mujeres y Fad Juventud destacan cuatro caminos por recorrer: cerrar las barreras que aún excluyen a las mujeres del sector productivo formal gestión financiera, baja confianza, ausencia de relevo generacional y brecha digital, especialmente críticas para las mujeres rurales y étnicas que enfrentan además aislamiento geográfico; incorporar a las mujeres jóvenes en los procesos organizativos y de emprendimiento para asegurar un relevo generacional efectivo; cerrar la brecha digital como un derecho, no un lujo, formando en comercio electrónico y gestión de plataformas de venta que amplíen mercados e ingresos; y sostener las estrategias de autonomía económica desde una lógica interseccional y de género, acompañadas de los cambios culturales que garanticen la igualdad y reduzcan la violencia hacia las mujeres.
Una reflexión final
El saber ancestral de estas mujeres no es un vestigio del pasado: es una herramienta viva de futuro. Cada receta heredada de una abuela, cada semilla sembrada según el calendario de la tierra, cada hilo tejido a mano, es también un acto político y económico. Al recuperar y poner en valor lo que siempre supieron hacer su autonomía económica no nace de la nada ni depende de un modelo ajeno; nace de la memoria colectiva convertida en estrategia de resistencia. Así, tejer saberes ancestrales se vuelve tejer futuro: una economía propia, sostenida por manos de mujer, que no solo produce bienes, sino que produce dignidad, comunidad y paz duradera frente a las desigualdades que el conflicto dejó sembradas en sus territorios.
