
Pablo Gastaldi: “La juventud percibe que no vive en democracia… Pero sigue siendo su horizonte de posibilidad”
Entre titulares dominados por la fricción parlamentaria, el acceso a la vivienda o los nuevos movimientos de protesta, la voz de las nuevas generaciones suele quedar enmarcada dentro del relato ajeno. ¿Existe una desconexión real con el sistema o presenciamos una transformación en los modos de compromiso de los y las jóvenes?
Para responder estas preguntas desde Fad Juventud, abordamos el estudio «Entre el cuestionamiento y el cambio. Discursos de la juventud sobre la democracia en España» [1] , promovido por el Consejo de la Juventud de España (CJE) junto al Comisionado para la Celebración de los 50 años de España en libertad del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática. Para ello nos acompaña Pablo Gastaldi Halperín, sociólogo e investigador en DÁTIL, entidad volcada en el análisis sociológico y cultural:
¿Hasta qué punto la desafección política de los y las jóvenes responde más a unas condiciones materiales de vida que a un rechazo ideológico de la democracia?
La desafección es un término que no usamos en el informe y que criticamos, preferimos hablar de brecha o distancia, porque supone falta de interés, y en realidad aquí lo que hay es enfado por parte de la juventud. Es gente consciente de cuáles son sus problemas, de que no se les está dando respuesta.
Lo que estamos encontrando tiene más que ver con una incapacidad de proyectarse un futuro habitacional y laboral. Hay diferencias en función de edad: la generación de menor edad se imagina como algo a futuro, y quienes tienen ya 28 o 29 años están experimentando unas situaciones de precariedad habitacional y laboral que, además de dificultarles el pensamiento futuro, las están sufriendo en este momento. Lo que genera esta relación de distancia con la política institucional es la percepción de que desde el ámbito político no se da respuesta a los problemas que se perciben como principales propios, lo cual desalienta y aleja respecto a la posibilidad de participar o transformarlo.
Hablando de brechas, ¿crees que la brecha ideológica entre hombres y mujeres responde a conflictos reales de intereses y derechos o al efecto de ecosistemas digitales cada vez más separados?
El feminismo nos ha aparecido como uno de los principales temas que genera polarización y división. Aunque recomiendo leer estudios que han analizado el tema mucho más a fondo, como «Culpables hasta que se demuestre lo contrario. Percepciones y discursos de adolescentes españoles sobre masculinidades y violencia de género» [2], en el nuestro hemos encontrado grupos que consideran el feminismo como una fuente de derechos, de calidad de vida y de igualdad —discursos representados sobre todo por mujeres—, y en el extremo opuesto a grupos que lo perciben como toda una serie de agravios e ideas que les atacan de forma directa, compuestos en su mayoría por hombres. Entre medias hay toda una graduación de posicionamientos que generan extrañas alianzas.
En esa distribución entramos en la importancia de la polarización y la generación de espacios aislados y de «burbujas», donde grupos de iguales manifiestan una dificultad de abrirse a debatir políticamente o tener relación con gente que piense distinto. Esto, sumado a que las redes sociales son el principal lugar de información, va derivando en un foco de difusión de discursos de odio y potencialmente misóginos que se activa y que no tiene salida al intercambio ni al debate.
Y en debates como el feminismo o la inmigración, ¿detectasteis que los y las jóvenes proyectan sobre estos temas frustraciones vinculadas a la precariedad? ¿A qué discursos de odio aludes?
Me da la sensación de que todos estos temas están conectados de manera irracional. Y que cuando se habla de prioridad nacional en estos aspectos remite a problemas de vivienda o de empleo, a necesidades materiales básicas. El feminismo funciona aquí como una vía de entrada a otra serie de discursos de odio.
Por ejemplo, la crítica al feminismo funciona en buena medida como entrada a discursos más radicalizados en cuanto a los impuestos. Se accede a un espacio de pensamiento contra el feminismo a través de canales digitales en los que se activan teorías del funcionamiento de la política y del Estado con soluciones muy rápidas y fáciles, donde es muy fácil identificar al enemigo. A eso me refiero con discursos de odio: aspectos que circulan muy rápido, con mucha intensidad, muy premiados algorítmicamente en redes sociales y de los que nadie está a salvo. Es un problema común a todas las edades, aquí hablamos de jóvenes, pero nadie está a salvo de esto.
En relación a las redes sociales, ¿cómo interpretáis que los y las jóvenes sean conscientes de la manipulación algorítmica, la desinformación y la polarización de estas, pero sigan usándola como principal ventana a la actualidad política?
Hay un verbatim que se refiere a que las redes son el espacio en el que estamos todos; hacer una distinción entre las redes y lo que hay fuera es algo que se nos queda para la gente de una generación anterior, a partir de cierta edad es la realidad.
A nivel político es el lugar en el que informarte, y se ve la diferencia respecto a los datos del Informe Juventud 2020 [3] respecto al Informe Juventud 2025 [4] sobre el consumo de información política en redes frente a medios convencionales, donde ya es claramente mayoritario el acceso a través del teléfono móvil e internet por ser el recurso disponible. Aunque se siga a canales de televisión o medios tradicionales, la información llega a través del filtro del algoritmo, no tanto de la dirección de contenidos de la cadena.
Esta ambivalencia se resuelve a través de una profunda crisis de credibilidad en torno a la información de carácter político. Los y las jóvenes saben que no te puedes creer todo, pero las redes generan reacciones emocionales muy fuertes de las que es difícil sustraerse y no existe una alternativa fácil. La sensación general es «me lo creo porque es lo que hay, pero me genera dudas», un malestar en torno a la falta de credibilidad que resulta definitorio y desde el que se construyen y plantean las opiniones políticas.

¿Es esa crisis de credibilidad la manera en que los y las jóvenes construyen el criterio político y perciben su capacidad de intervenir en la realidad a través de streamers e influencers?
Se valida la norma social de estar informada: para poder opinar tienes que estar informada porque si no tu opinión no cuenta. Sin embargo, la juventud reconoce que estar informada es algo muy difícil, mientras consideran que sus adversarios políticos no son capaces de informarse. La gente de izquierdas piensa que los de derechas no se informan correctamente porque lo hacen a través de TikTok, y la de derechas piensa que los de izquierdas tampoco se informan porque reproducen lo que dicen sus padres o el colegio.
Si para opinar y participar hay que estar informado, se empieza a generar una erosión en la capacidad que se atribuye a la ciudadanía de participar.
Debatiendo sobre distintos streamers, hemos visto que sí que se reconoce un ecosistema mediático compuesto por creadores digitales que está completamente ubicado y polarizado.
Y sobre lo que comentabas sobre la desconfianza en la ciudadanía, ¿crees que la cultura del vídeo corto y el recurso informativo fragmentado está dificultando la deliberación democrática y la discusión de problemas complejos?
Algo que dificulta la deliberación es este contexto de polarización son esas burbujas que funcionan como cámaras de eco donde el algoritmo únicamente te enseña cosas de gente que piensa como tú. Pero también aparece otro fenómeno interesante: la autocensura.
Nos encontramos con una autocensura generalizada y tiene que ver con esto de «si no tengo información no puedo opinar», pero también con una sobreexposición en redes sociales que hace pensar que las consecuencias del disenso van a ser equivalentes a un linchamiento. Las redes han amplificado las consecuencias negativas del disenso, generando generando actitudes de menor disposición al intercambio de ideas.
Cuando los y las jóvenes describen la política como una partitocracia o un teatro, ¿están expresando una crítica al funcionamiento actual del sistema o es una pérdida de confianza mayor a la democracia como idea?
En este bloque de nuestro estudio se juntan varias ideas. Hay desde críticas a los políticos por incapacidad o corrupción que vienen de la antipolítica, hasta críticas a los partidos vinculadas al sistema donde emerge el tema de la partitocracia, y críticas al sistema político como un teatro o un circo.
Se escuchan voces críticas porque no dan soluciones efectivas a problemas como la vivienda, el trabajo, la falta de expectativas de futuro o el malestar digital. También con una percepción de cortoplacismo: un sistema político trabajando únicamente para garantizarse la siguiente elección y no para pensar reformas a doce años. E incluso críticas a procedimientos democráticos como el sufragio universal o a que cualquiera pueda ser político sin determinadas cualificaciones.
Por tanto, en su mayoría es una crítica a la situación actual responsabilizando a los políticos, pero a veces va más allá y abarca aspectos sistémicos.
¿El votante joven tiende más a castigar electoralmente a los partidos responsables de la corrupción o a reforzar la idea de que todos los políticos son iguales?
Hicimos los grupos justo cuando estaban abiertos en directo casos de corrupción en los dos principales partidos del bipartidismo —casos Ábalos, Koldo, Leire Díaz y la trama Kitchen—. Sin embargo, opino que el hecho de que fuera algo repartido hizo que no tuviera mucha importancia y no saliera más que como algo atribuido a todo el sistema. Tienen una menor predisposición a entrar en el juego mediático del «y tú más».
Tampoco en casi ningún grupo nos han hablado espontáneamente de temas relacionados con el cambio climático y el medio ambiente. No es que a los y las jóvenes no les interese, pero el cambio climático es algo de lo que no se habla tan fácilmente; si quieres abordar ese tema tienes que buscarlo directamente.
El voto y la protesta aparecen como herramientas percibidas como poco eficaces. ¿Qué riesgos observas de cara al futuro si ese vínculo simbólico con la participación continúa debilitándose?
Uno de los riesgos graves es que se perciba que la ciudadanía no tiene la capacidad de decidir políticamente, ni mediante el voto ni mediante la protesta, en un contexto de polarización donde da la impresión de que la participación se paga cara.
Otro riesgo es el abandono de la participación y la falta de espacios presenciales. Todavía no se está valorando bien el impacto del confinamiento en la socialización de la gente joven. Si no hay una voluntad de reforzar los espacios presenciales de encuentro, se va a perder la participación asociada al contacto directo. Si el único espacio en el que estamos todos son las redes sociales movidas por algoritmos que invitan a la polarización, va a ser mucho más complicado generar espacios de encuentro basados en la pluralidad.
¿Se comentó algo respecto al papel de la Inteligencia Artificial?
Ha salido muy poco, pero profundiza aún más esa crisis de credibilidad por la capacidad de generar contenidos muy verosímiles y completamente ficticios. También por su capacidad para generar contenidos virales muy rápido, como las ‘frutinovelas‘ de corte reaccionario, que muchas de las cuales apelan a una identidad masculina amenazada y la desplazan hacia un campo político más conservador. Yo mismo, al documentarme para los grupos de discusión, quedé completamente magnetizado por este fenómeno. Y eso que sentía ya que yo no era su público objetivo.
El informe concluye que la juventud sigue defendiendo la democracia, pero reclama transformaciones. ¿Cuál consideras que representa el mayor desafío para las instituciones públicas actuales?
En la investigación, queríamos destacar que lo que no hay seguro es una imaginación de un modelo mejor que la democracia; sigue siendo el horizonte de posibilidad. Lo que sí hay son exploraciones que le hacen críticas sistémicas al modelo por la falta de funcionamiento, por no cumplir derechos básicos o por no ser representativo. Y eso se traduce en exploraciones que van hacia una mayor apertura participativa o hacia un modelo más restrictivo de derechos y votos. En última instancia hay voces que plantean que, en un contexto actual que definen como de «caos», es necesario poner un orden de corte autoritario que cancele libertades y restringe derechos.
El desafío fundamental pasa por encontrar la manera de que los y las jóvenes tengan interés en participar en los asuntos públicos y entregarles capacidad real de decisión, sin bloquearles el acceso por razón de edad. Esto implica aceptar como interlocutores válidos a los actores no institucionales —reconociendo la movilización y la actividad que circula por fuera de la institución y ofreciendo recursos sin pedir exigencias a cambio— y atreverse a dar cuota de poder en la toma de decisiones a los y las jóvenes mediante procesos de escucha profunda y cocreación con gente joven.
Por último, hay una idea muy transversal de percepción de no vivir en una democracia, desde grupos que lo atribuyen a pactos políticos, hasta grupos que lo achacan a que no se cumple el derecho constitucional a la vivienda. Hay que recoger estas reclamaciones de sentir que no estan viviendo en una democracia para entender cómo se configuran las posiciones respecto al sistema político en la gente común y corriente, que no está implicada en las instituciones.
BIBLIOGRAFÍA:
[1] Consejo de la Juventud de España, & Comisionado para la Celebración de los 50 años de España en libertad. (2024). Entre el cuestionamiento y el cambio. Discursos de la juventud sobre la democracia en España (Investigación realizada por DÁTIL). Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática.
[2] Boneta-Sádaba, N.; Tomás-Forte, S.; García-Mingo, E. (2023) Culpables hasta que se demuestre lo contrario. Percepciones y discursos de adolescentes españoles sobre masculinidades y violencia de género. Madrid: Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, Fundación Fad Juventud.
[3] Instituto de la Juventud. (2021). Informe Juventud en España 2020 (Pérez Díaz, M. T., Dir.). Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030.
[4] Instituto de la Juventud. (2024). Informe Juventud en España 2024. Ministerio de Juventud e Infancia.
