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No solo la ausencia de enfermedades mentales

El 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, una efeméride promovida por la Federación Mundial para la Salud Mental (WFMH) y apoyada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) que, en estos tiempos de incertidumbre pandémica, se vuelve más importante que nunca. El lema que ambas organizaciones proponen en la campaña de este año es “Acción a favor de la salud mental: invirtamos en ella”.

En palabras del Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, “el Día Mundial de la Salud Mental es una oportunidad para que el mundo se una y comience a remediar la desatención de que ha sido objeto históricamente la salud mental”.

La necesidad de visibilizar los problemas de salud mental se hace especialmente acuciante a raíz de la pandemia de COVID-19 y de la crisis derivada de esta: “Ya estamos viendo las consecuencias de la pandemia de COVID-19 en el bienestar mental de las personas, y esto es solo el principio.

Pero, según datos de WFMH y OMS, la realidad es que “los países gastan en promedio solo el 2% de sus presupuestos sanitarios en salud mental”. ¿Cómo abordar, pues, esta necesidad? ¿Cómo concienciar a sociedad civil, instituciones y administraciones sobre la urgencia e importancia de invertir en salud mental?

Desde Fad creemos que el primer paso para logarlo es INVERTIR en tiempo, INVERTIR en visibilidad, INVERTIR en concienciación. Una vez que los ciudadanos del mundo tomemos conciencia de que la salud mental también es salud y de que tiene la misma importancia que la salud física porque no pueden existir la una sin la otra, estaremos preparados para avanzar.

Antes de comenzar a recorrer este camino, conviene recordar que la OMS define la salud mental como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Subrayamos especialmente esas últimas palabras: no solamente la ausencia de enfermedades mentales, quizá la más importantes de esta definición.

¿Cuándo el estrés laboral puede calificarse como problema? ¿Cuándo debo pedir ayuda si la incertidumbre ante la crisis COVID-19 no me deja dormir? ¿Es normal que la ansiedad me ataque hasta en fin de semana? Todas esas preguntas se responden solas si interiorizamos que la salud mental no es solamente la ausencia de enfermedades mentales.

El miedo a perder el trabajo, el llamado síndrome de la cabaña, el temor a contagiarse que experimenta especialmente nuestro personal sanitario y el insomnio, la angustia o la depresión ante la incertidumbre, son algunos de los ejemplos de lo que el COVID-19 ha traído consigo propiciando casi una ¿pandemia psicológica? Estos cuadros los experimentan especialmente las mujeres, los jóvenes y las personas mayores.

Desde Fad, ponemos el foco en los y las jóvenes, colectivo en torno al que se articula nuestra misión y uno de los más perjudicados por esta crisis. La necesidad de visibilización de la que hablábamos al inicio de este post se hace aún más pertinente en esta franja etaria, gran olvidada en estos tiempos pandémicos y una de las más perjudicadas en diversos ámbitos.

Así, según el estudio “Los jóvenes y la pandemia de la COVID-19: efectos en los empleos, la educación, los derechos y el bienestar mental”, realizado por la Organización Internacional del Trabajo, el 17 por ciento de los y las jóvenes “probablemente sufrirán ansiedad y depresión” a raíz de la crisis posCOVID y “los jóvenes cuya educación o trabajo se ha visto interrumpido o cesado tendrían casi dos veces más probabilidades de sufrir ansiedad o depresión que los que continuaron”.

¿Cómo prevenir o abordar este tipo de problemáticas en un momento en el que la realidad no acompaña? Como adultos, quizá algunas de las claves sean normalizar ese derecho a no sentirse bien cuando el mundo no parece un lugar seguro y evitar la banalización de malestares emocionales con frases como “no tiene nada” o “eso es normal”. Invirtamos tiempo en romper estigmas y prejuicios. Invirtamos tiempo en hablar alto y claro sobre una realidad invisible pero fundamental en nuestro bienestar global.

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