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La juventud y los porros: ni tan divertidos ni tan inocuos

*Manuel Pérez Moreno

Según los últimos informes oficiales del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, el 31,1% de los jóvenes menores de 18 años ha consumido o probado en algún momento de su vida algún derivado del cannabis,  como son el hachís o la marihuana. Eso supone, para entenderlo más fácilmente, que casi tres de cada diez  jóvenes o adolescentes ha consumido o sigue consumiendo porros. Situación totalmente exagerada e inaceptable desde el punto de vista sanitario.

El principal responsable del consumo de los derivados del cannabis  en la juventud es el  denominado  Δ9 tetrahidrocannabinol, más conocido como THC. Este principio  activo de efecto psicoactivo produce hilaridad (risa fácil), sensación de bienestar y poderío, todo ello de efecto corto y pasajero y una minusvaloración de los riesgos y perjuicios que lleva asociado el consumo de los porros.

En Madrid, y en general en todo el territorio nacional, la concentración media de THC en las muestras de hachís, que con tanta facilidad, debido a la excesiva disponibilidad, pueden adquirir los jóvenes, es superior al 22%, alcanzando, en muchos casos, valores superiores al 30%, según varias fuentes (Ai-Laket, 2015; Energy Control, 2016; Pérez Moreno, 2019). En cuanto a la marihuana, es fácil encontrar en las calles, y por un precio razonadamente asequible y adquirible con la paga semanal de los más jóvenes, hierba con una concentración superior al 20%.

Los expertos en la materia (sanitarios y científicos), tanto nacionales como internacionales advierten muy seriamente que el consumo de derivados del cannabis con concentraciones superiores al 15% en THC puede resultar peligroso y temerario en adultos y tremendamente nocivo para la salud, tanto física como psíquica, de individuos con edades inferiores a 21 años, incluso en consumo ocasional, debido a la inmadurez o falta de desarrollo final del sistema nervioso central.

Si ya de por sí el consumo de derivados del cannabis es muy perjudicial para la salud de los jóvenes y adolescentes, el hecho de consumir un porro con derivado cannábico con una concentración de THC del 30% supone el doble de probabilidad de padecer un ataque de pánico, delirios, brotes psicóticos o trastornos bipolares que pueden ser permanentes, sin olvidar el síndrome amotivacional, la falta de memoria y  la dificultad de aprendizaje que produce el consumo continuado y que pueden hacer que los jóvenes acaben abandonando sus estudios por los inconvenientes o dificultades que se les presentan. Para avalar estos datos, recordemos que la mitad de las urgencias psiquiátricas de nuestros jóvenes, en todo el territorio nacional, se deben al consumo de derivados del cannabis (Plan Nacional sobre Drogas, 2017).

Pero no solo de la salud psíquica estamos hablando.  Al ser una sustancia ilegal, y por lo tanto no sometida a controles sanitarios por parte de las autoridades competentes, los derivados cannábicos que se venden en nuestras calles están contaminados y adulterados, de tal forma que su consumo puede llegar a constituir, además de un fraude, un problema de salud pública. Bacterias como E. coli, presentes habitualmente en el intestino de los mamíferos y, por lo tanto, en los excrementos de estos y causantes de graves trastornos tras su ingestión, u hongos como los pertenecientes al género Aspergillus y causantes de graves infecciones pulmonares son algunos de los contaminantes que llevan asociados los derivados del cannabis que se consumen en nuestro país, sin olvidar pelos, plásticos, arena o resina de pino, entre otros, como adulterantes (Pérez Moreno, 2019). Todos ellos son ingeridos por los consumidores  al fumar porros.

Por todo lo dicho anteriormente podemos afirmar, sin lugar a equivocarnos, que los porros ni son tan divertidos ni tan inocuos.

*Manuel Pérez Moreno es farmaceútico y doctor en Ciencias de la Salud. Profesor de universidad, padre y filántropo, cree en la juventud como etapa de la vida en la que hay que tomar conciencia de los riesgos.