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La cultura cibernética en tiempos de “Inteligencia Artificial”

*Pedro Fernández de Castro

El Espacio Fundación Telefónica acogió el martes 19 de mayo la presentación del Anuario de cultura digital 2026 de Acción Cultural Española (AC/E). Teniendo en cuenta que la cultura y lo digital son dos de las líneas principales de investigación del Centro Reina Sofía, se trataba de una gran ocasión para pulsar los debates más actuales en España sobre estos temas. El informe dedica su sección especial a hacer una “Cartografía del uso de la IA en la creación digital en español”. La conclusión principal es que estamos ante un cambio de paradigma desde el rechazo, al percibir la IA como una amenaza de deshumanización, hacia la adopción, al asumirla como una infraestructura estratégica y operativa esencial.

Desde el ludismo hacia el aceleracionismo. La cuestión es si este cambio de percepción de ser un arma en contra a una herramienta a favor entre los y las profesionales culturales ha sucedido por voluntad propia o es el resultado de una imposición de las industrias culturales. Según apunta el informe “las herramientas algorítmicas no buscan sustituir la sensibilidad humana, sino potenciarla, en un entorno donde la cultura ya no se divide entre lo analógico y lo digital, sino entre organizaciones capaces de escalar su visión mediante la IA y aquellas que quedan relegadas por la lentitud de sus procesos manuales” (p. 213). Aquí hay dos temas.

La primera parte de la frase señala un principio elemental de la filosofía de la tecnología. El ser humano es esencialmente un ser técnico (si no, que le pregunten a nuestro antepasado el Homo Habilis). Podemos trazar una línea continua desde los primeros instrumentos de escritura hasta los programas de IA. La escritura misma es una tecnología, y ya hace 2500 años el bueno de Sócrates se manifestaba en contra de utilizarla aduciendo que atrofiaba la memoria. Aunque esto no quiera decir que tengamos que adoptar acríticamente cualquier tecnología, sí que señala que cultura y tecnología no están enfrentadas, al contrario, están intrínsecamente vinculadas. Esto nos lleva al segundo tema.

La segunda parte de la frase apunta a la IA como el elemento que establece una nueva división en el trabajo cultural. Lo que podemos pensar es en qué términos se da este vínculo entre esta tecnología y la cultura. Se trata de una división que genera efectos de exclusión en tanto que quien no esté dispuesto a utilizarla corre el riesgo de quedar fuera del sector. Una implantación no impuesta de una tecnología debería garantizar la posibilidad de resistirse a su uso sin que esto suponga un perjuicio para el desempeño profesional. No está claro que sea así.

Lo que sí está claro es que la IA se ha convertido en uno de los grandes temas de nuestra época. Sin ir más lejos, en paralelo a la presentación del informe en Fad Juventud teníamos una formación sobre cómo aplicar la IA a nuestro trabajo. Además, ese mismo día la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC) publicaba los resultados de su encuesta a usuarios de Internet, “Navegantes en la Red”, donde la expansión de IA ocupa un lugar central. Por destacar algunos datos, el 77,8% de las personas encuestadas ha utilizado alguna vez herramientas de IA (17 puntos más que el año anterior y 26 más que hace dos); y el 36,5% las utiliza todos los días (16,5 puntos más que en 2025 y 23,5 puntos más que en 2024). Además, si miramos a los usos relacionados con la cultura, un 38,2% lo hace para generar o corregir textos y un 32,1% para crear o editar imágenes o vídeos. Lo que habría que concretar es qué es eso de la IA.

Lo cierto es que el informe de la AC/E aborda la IA desde una mirada crítica y útil. Además de la mencionada cartografía, que aporta datos abundantes para tener una perspectiva amplia del estado de la cuestión, el artículo que abre el informe, “Supremacía cultural y geopolítica de la Inteligencia Artificial. Cómo la IA está reconfigurando el poder cultural global”, escrito por Lucía Velasco, ofrece un análisis muy completo del impacto de esta tecnología en el ámbito de la cultura.

La cuestión es que tenemos tan interiorizado el concepto al estar por todas partes que podemos perder la perspectiva de su verdadera función. Aunque suene futurista, el término “Inteligencia Artificial” cumplirá este verano setenta años. Su origen se encuentra en la Conferencia de Darmouth, celebrada en 1956 en el Darmouth College, en New Hampshire, Estados Unidos. Allí se juntaron los “padres” de la IA para trabajar en lo que por aquel entonces denominaban “máquinas pensantes”. Entonces, se barajaron otros términos vinculados a campos ya existentes como el estudio de los autómatas o la cibernética. Resulta curioso que uno de los motivos para no optar por la cibernética fue personal, ya que querían evitar a Norbert Wiener, quién desarrolló el concepto en 1948 a partir del libro Cibernética o el control y comunicación en animales y máquinas. Es aún más curioso que la elección de “Inteligencia Artificial”, a sabiendas de que era un término demasiado ostentoso, también estuvo motivada por la idea de que podría resultar más atractivo para recibir financiación. Esto quiere decir que más que un concepto fundamentado técnicamente es, en realidad, un término de marketing.

¿Y si cuando hablamos de lo digital, en general, o de la IA, en particular, estamos hablando, en el fondo, de cibernética? Como se puede intuir por el título de la obra de Wiener, este concepto no está limitado a lo tecnológico, sino que es un enfoque holístico para explicar el funcionamiento de sistemas complejos, ya sea el de un ser humano, una máquina o una sociedad. Sin embargo, su propuesta se encuentra en el origen del diseño y desarrollo de los sistemas informáticos.

Cibernética viene de la palabra griega kybernetes, que hace referencia a la acción de pilotar una nave. De ahí que Ámpere allá por el s. XIX la definiese de manera sintética como la “ciencia de gobierno” (gobernador viene del latín gubernator que, a su vez, deriva de kybernetes). Y este gobierno se articula a partir de la noción de “retroalimentación” (o feedback, un término que, no por casualidad, hemos integrado en nuestro vocabulario). La retroalimentación alude al ajuste de la conducta futura a partir de hechos pasados. Es el mecanismo en torno al que giran el “control y la comunicación” que titulan la obra seminal de Wiener. El control en el sentido de autorregulación del sistema en función de las influencias externas, y la comunicación como procesamiento de esa información obtenida. Una puntualización clave antes de retomar el Anuario es que hay dos tipos de retroalimentación: negativa y positiva. La negativa se enfoca en mantener la estabilidad del sistema (lo que se conoce como “homeostasis”); y la positiva es la que tiende a desestabilizar el sistema en cuestión. Una cierra, la otra abre.

Una de las mesas de la presentación del informe se tituló “La batalla por la atención. Algoritmos y control”. En ella, tres autoras de artículos publicados en el Anuario (Henar León, Jordi Pérez Colomé y Natalia Marín Navarro) debatieron a partir de lo que planteaban en sus textos. Plantearon reflexiones muy valiosas en torno a no demonizar a los algoritmos per se, sino entender su evolución como agentes mediadores de la cultura en Internet. Especialmente, teniendo en cuenta que no debemos olvidar que siempre ha habido mediación cultural en lo que respecta a los descubrimientos. Lo que ha cambiado es el prescriptor de cultura. Esto no quita que sea fundamental ser conscientes de que la sensación de hiperpersonalización cuando un algoritmo nos hace recomendaciones no es más que el resultado de ser considerados un patrón de datos sobre gustos culturales. Además, y por traer a colación otro principio básico de la filosofía de la tecnología, ninguna tecnología es neutral. De ahí que haya que tener presente lo que supone delegar esta tarea en algoritmos que incorporan sesgos y están enfocados a atraer nuestra atención a toda costa, independientemente de los efectos que tenga. Como apuntaron, estos algoritmos, desarrollados por empresas y, por tanto, comerciales, convierten la cultura en un producto. La consecuencia es que acaban por colonizar nuestro gusto homogeneizando las creaciones culturales.

En el fondo, estos algoritmos son sistemas de retroalimentación negativa para competir en la economía de la atención. Su objetivo no es descubrirnos nuevos gustos, sino que permanezcamos en el bucle. Quizás, la cuestión radique en que necesitamos algoritmos que actúen con una retroalimentación positiva, que se atrevan a abrirnos a expresiones desconocidas, aunque no sea rentable. Quizás, el sector público no solo tenga la tarea de regular los algoritmos, sino de crearlos y contribuir a una política de la atención que nos saque de los bucles culturales.

*Pedro Fernández de Castro es investigador en el Centro Reina Sofía de Fad Juventud. Sus principales líneas de investigación tienen que ver con la ciudadanía, la alfabetización y la inclusión digitales desde la educación social y el trabajo con la juventud. Miembro del colectivo de experimentación en comunicación y cultura digital en Club Manhattan.