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Amarrarse la capulana: abrir camino en Mozambique

*Aitana Martos Sánchez

Hoy es 7 de abril, Día de la Mujer Mozambiqueña. Se conmemora la muerte de Josina Machel, referente en la lucha por la independencia del país. En este día, la tradición es que las mujeres reciban una capulana como regalo.

Llegué a Mozambique el pasado 10 de febrero con un objetivo muy concreto: abrir una nueva delegación de Fad Juventud en la provincia de Gaza, a unas cuatro horas de la capital. Sobre el papel, abrir una delegación es poner en marcha una estructura, establecer alianzas, identificar necesidades y formular proyectos. En la práctica, es algo mucho más complejo: es aprender a mirar, a escuchar y, sobre todo, a entender.

En ese proceso, hay una palabra que se ha vuelto central en mi día a día: capulana.

Una capulana es un rectángulo de tela de algodón, con una infinita combinación de colores. Pero, como aprendí en mis primeros días en el país, definirla así es no entender nada. Recuerdo que pregunté si una capulana no era, al fin y al cabo,  como una falda. Las compañeras de ADCR, una de nuestras organizaciones socias en terreno, se rieron de mí. La capulana no es una prenda, me explicaron, es una herramienta.

Sirve para todo. Para cargar bebés a la espalda, para transportar compras, para recogerse el cabello, para sentarse en una chapa cuando el asiento está sucio (pequeños autobuses improvisados que son la base de la movilidad del país), para protegerse del sol y para una infinidad de situaciones más. La capulana es, en muchos sentidos, una extensión de las mujeres mozambicanas que se adapta a los retos que el día les presente.

Y abrir una delegación aquí implica, precisamente, aprender de esa lógica:  para trabajar aquí hace falta parecerse un poco a una capulana y tener la capacidad de servir para todo. Pasar del terreno, con botas y chaleco bajo el calor, a la formulación de proyectos; moverse entre el portugués, el español y lo que se pueda de changana; acompañar, escuchar, ajustar, volver a empezar.

Trabajar en terreno es entender que la planificación convive constantemente con la adaptación. Que los recursos son limitados y las necesidades enormes. Que, después de las inundaciones, las comunidades —y especialmente las mujeres— tienen que reconstruir sus vidas con lo que tienen a mano.
Hay una imagen que resume bien esto: mujeres con el agua hasta los tobillos, una capulana atada a la cintura, un niño a la espalda y un balde sobre la cabeza. Las mujeres de Mozambique cargan el peso del país sobre sus cabezas. Literalmente.

“A luta continua”, decía Josina Machel. Y esa lucha sigue hoy para ellas en múltiples formas: en madres solteras que viven al día, en niñas que cuidan de sus hermanas porque sus padres se han mudado a Sudáfrica y las han dejado solas, en las adolescentes que tienen que abandonar la escuela a causa de un embarazo precoz, en las que sí se quedan en la escuela y acaban sufriendo abusos sexuales por parte de los profesores que deberían protegerlas.

Abrir una delegación es también ser testigo de todas estas cosas y habituarse a que el corazón se encoja más a menudo de lo que creías que se podía. Y que a veces incluso me pregunte si alguna vez podrá volver a su tamaño original o se quedará así, encogido, pero lleno de las historias de otras.

Hoy, en el Día de la Mujer Mozambiqueña, como dije al principio, la tradición es regalar una capulana. Poco a poco voy entendiendo que ese trozo de tela representa las maneras en las que en este rincón del mundo las mujeres sostienen la vida. Aquí hay una expresión muy socorrida: amarrarse la capulana. Significa seguir adelante, arremangarse, continuar la lucha.

En este 7 de abril, y en todo lo que vendrá, me toca aprender, poco a poco, a amarrarme la capulana.

*Aitana Martos Sánchez, graduada en lenguas modernas y sus literaturas. Fue expatriada de Fad Juventud en El Salvador de 2023 a 2026, y actualmente se encuentra como representante país en Mozambique.