Autor: Pilar Nicolás Rodríguez
21 noviembre, 2025

Ayer presentamos la última edición del Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025 del Centro Reina Sofía de Fad Juventud, un hito que llega en un año especialmente significativo: se cumplen diez años desde que este barómetro comenzó a tomar el pulso a la salud de las y los jóvenes en España. Y quién mejor para acompañarnos en esta mirada de largo recorrido que Anna Sanmartín Ortí, directora del Centro, doctora en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid e investigadora del barómetro desde su nacimiento. Con ella conversamos sobre lo aprendido en esta década, los desafíos que vienen y la evolución del bienestar juvenil en nuestro país:

En estos diez años de Barómetro (2017-2025) [1], ¿cómo ha evolucionado la forma en que la juventud entiende su salud y bienestar, y qué aprendizajes aporta esta trayectoria longitudinal?

Este barómetro es estratégico porque recoge de manera estable cómo conciben los y las jóvenes el bienestar, la salud y la asunción de riesgos, permitiendo una mirada amplia desde su propio relato. Para nosotros y nosotras es clave entender cómo leen sus emociones, qué significa para la juventud estar bien o estar mal, cómo entienden su autoestima o su felicidad, y qué les preocupa en cada momento. La repetición bienal muestra qué datos se mantienen y cuáles cambian, y la pandemia supuso un corte muy claro entre 2017 y 2021, cuando la percepción de buena salud pasó del 80 o 90% al 50%. Eso nos obligó a revisar la lectura longitudinal con nuevos matices.

El barómetro también permite hablar de los determinantes sociales de la salud, cruzando percepciones con género, estudios, carencias materiales o presiones académicas y laborales. Nos da pistas para entender por qué ciertas transiciones juveniles son tan difíciles (empleo, vivienda, autonomía) y cómo repercuten en la percepción de bienestar o malestar y en las expectativas vitales. ¿Qué esperan los y las jóvenes de la vida y del contexto que les ofrecemos? Saberlo ayuda a interpretar mejor sus malestares y los cambios que se activan en la subjetividad juvenil.

Aunque estudios como Evolution of Child and Youth Mental Health in the Context of COVID-19 [2] muestran un impacto prolongado, vuestro barómetro de 2025 apunta a mejoras. ¿A qué atribuyes esta recuperación?

Creo que hay una mejora en muchos indicadores respecto al impacto inicial de la pandemia; esa tendencia al empeoramiento que vimos en 2021 y 2023 empieza a estabilizarse, y algunos datos remontan, de modo que la percepción de salud ya no es tan negativa. Esto puede contrastar con los datos a Encuesta de Salud del Ministerio [3], que refleja incrementos en las prevalencias de diagnósticos como la ansiedad o la depresión. Por eso digo que hay que tener cuidado al leer los datos y no generalizar: la pandemia fue un shock que puso la salud encima de la mesa y cambió el orden de prioridades vitales, especialmente para la gente joven.

Aun así, la ansiedad declarada sigue creciendo; también aumentan los problemas de sueño, la somnolencia y la soledad no deseada. El informe HBSC de la Organización Mundial de la Salud [4] habla también de estrés escolar y menos horas de sueño, y en el reciente estudio de inserción laboral que hemos elaborado con Fundación Pfizer [5] vemos como muchas personas jóvenes normalizan la vida estresada o el síndrome del impostor. Todo esto invita además a preguntarse si estamos medicalizando el lenguaje emocional —¿es ansiedad o es nerviosismo?, ¿es tristeza o depresión?— y si estamos entendiendo bien la huella emocional durante estos años, en estas etapas.

El malestar estructural: vivienda, precariedad y desigualdades

Si más de la mitad de los y las jóvenes sigue reportando malestar, ¿qué factores estructurales o culturales impiden una recuperación plena del bienestar psicológico?

Hay cuestiones evidentes del contexto que condicionan las transiciones juveniles: no hay vivienda, no pueden emanciparse y se encuentran con un mercado laboral muy competitivo donde, aunque han mejorado los salarios por cambios legislativos, no alcanzan porque el coste de vida se ha disparado. Es una generación muy formada que ha cumplido lo que se le pedía, pero luego no encuentra cómo ser independiente y como dar sentido a su trayectoria. Esto genera malestar emocional, estrés, problemas de sueño…

También pesan elementos transversales evidentes. Por ejemplo, en las diferencias entre chicos y chicas, ya que las mujeres muestran peores datos en casi todos los indicadores, se medican más y tienen más diagnósticos; los chicos asumen más riesgos, tienen tasas de suicidio más altas y sienten más vergüenza al pedir ayuda.

Por otro lado, la carencia material marca diferencias de hasta 20 puntos, porque no tener las necesidades cubiertas es una losa. Y, aumenta la preocupación por la imagen externa: dicen que se cuidan más, comen mejor y hacen ejercicio, pero ¿ese cuidado tiene que ver con encontrarse bien o con encajar en cánones estéticos? Es una pista clave: entender dónde está el equilibrio entre salud y presión por encajar.

La ansiedad y el cansancio siguen aumentando. ¿Estamos ante un efecto de precariedad vital o ante una forma estructural de estrés generacional?

Es un mal muy generalizado: el estrés atraviesa toda la vida cotidiana, y que gente tan joven lo verbalice así es una señal. Se ha normalizado hablar de estrés o ansiedad desde edades muy tempranas, con mucha prisa, mucha multitarea y una digitalización que añade obligaciones. Hay que ir con cuidado al interpretarlo, porque no todo se puede patologizar. Pero viendo cómo vivimos las personas adultas, tampoco es extraño preguntarse si podremos normalizarlo, rebajarlo o si será algo con lo que las nuevas generaciones tengan que convivir.

La competencia escolar y laboral también se ha disparado, con cargas académicas muy altas y un empleo precario en el que a veces no compensa tanto esfuerzo. Aun así, en el estudio con Fundación Pfizer [6] aparece algo esperanzador: los jóvenes dicen que priorizan la conciliación y el autocuidado en su trabajo ideal. Quizá nos estén enseñando que esto no puede ser y que hay que poner en valor otros tiempos y otras prioridades. ¿Estamos escuchando lo suficiente esa señal?

El barómetro muestra un aumento de la preocupación por la salud, especialmente entre mujeres. ¿Qué implica esto para las políticas de salud mental y autocuidado?

Es cierto que hay escasez en la oferta y dificultades para acceder a muchos recursos, pero también que no todos los malestares tiene que ser necesariamente problemas o enfermedades y, por tanto, las demandas de salud mental, porque no todo es un trastorno o un diagnóstico. Es fundamental prevenir y acompañar muchos malestares antes de que deriven en algo más grave. También es clave la mirada de género: las mujeres tienden a verbalizar más, identificarse mejor emocionalmente y mostrar más malestar en los datos. Eso no puede leerse sin considerar las presiones sobre cuerpo, estética, imagen o cuidados que viven, o los datos de mayor pobreza y precariedad que soportan.
Además, necesitamos recursos suficientes para atender la diversidad: género, origen, discapacidad, orientación sexual, clase social. Es difícil ayudar de verdad a un adolescente si no tienes formación y tiempo, y si no puedes darle la respuesta que necesita. La pregunta es cómo construir un sistema que realmente acompañe estas diversidades sin patologizar lo que forma parte del desarrollo emocional.

 

Pedir ayuda cuando el sistema no llega

Según el Barómetro, tres de cada cuatro jóvenes con malestar no buscan ayuda profesional. ¿Qué cambios serían necesarios para facilitar el acceso?

El coste económico es clave: la mayoría tiene que recurrir a lo privado, así que reforzar la atención pública es fundamental. También ocurre que muchos creen haber resuelto solos el problema, porque no siempre un malestar requiere intervención profesional, sobre todo en etapas vitales convulsas como la adolescencia o entre los 20 y los 24 años. Si medicalizáramos cualquier malestar, el sistema no podría sostenerse.

Esto enlaza con la necesidad de educación emocional para distinguir qué requiere ayuda y qué forma parte del proceso vital. A veces los datos parecen contradictorios, como cuando el barómetro muestra niveles altos de bienestar general y, a la vez, mucho malestar emocional. ¿Cómo interpretamos esas paradojas? Son pistas para mirar con más precisión la diferencia entre percepción subjetiva y diagnóstico clínico.

Teniendo en cuenta lo que comentabas sobre las barreras económicas y que uno de cada cuatro jóvenes se siente solo habitualmente. ¿Cómo entender esta soledad en un contexto de hiperconexión?

La soledad no deseada tiene más que ver con la sensación de insuficiencia o calidad de los vínculos que con la cantidad real de relaciones. La familia y la amistad siguen siendo referentes fuertes en una sociedad familista, pero también influyen sentirse escuchado, acompañado o integrado. Las necesidades relacionales son diversas y no siempre están visibles en el número de contactos o se satisfacen con la actividad en redes o espacios digitales.

El Observatorio de Soledad No Deseada (Fundación ONCE) [6] muestra que las redes pueden proteger o intensificar la soledad según su uso. Durante la pandemia fueron una ventana al mundo, pero la clave está en cómo complementamos vida online y offline. ¿Hasta qué punto la hiperconexión está sustituyendo los vínculos de calidad?

 

Diez años de aprendizaje sociológico y desafíos a futuro

Tras una década del Barómetro, ¿qué grandes cambios has observado y hacia dónde debería orientarse la investigación sociológica en juventud?

La COVID fue una conmoción social que colocó la salud en el centro y visibilizó la relación entre bienestar, precariedad vital, crisis ambientales o incertidumbre global. También observamos una medicalización creciente del lenguaje emocional, con términos como ansiedad o depresión que se han instalado en la vida cotidiana sin que siempre signifiquen lo mismo. Todo esto ha contribuido a recolocar la importancia que la juventud da al bienestar emocional.
A la vez, crece la visibilidad de la diversidad en términos de género, origen, corporalidad o orientación sexual, lo que exige ampliar la mirada en la investigación. El desafío es atender estos cambios sin simplificarlos: ¿cómo recogemos las nuevas subjetividades juveniles sin perder matices? Es un reto sociológico enorme para los próximos años.

¿Crees que el barómetro ha influido en la percepción social de la juventud o en algunas políticas públicas?

El barómetro puede ser muy provechoso para quienes trabajan con juventud porque permite ver patrones que no se captan en la experiencia diaria. Creemos también que puede ayudar a sensibilizar a docentes, familias y decisores sobre cómo leen los jóvenes su bienestar y sus malestares, y sobre cómo los adultos y las adultas interpretan ese relato. Su periodicidad lo convierte en un termómetro estable de subjetividades juveniles.

Asimismo, es una herramienta valiosa para organismos oficiales y entidades del tercer sector, por sus aportaciones para complementar datos y cubrir áreas menos exploradas. Además, sirve para contrastar miradas y entender mejor cómo evoluciona la percepción juvenil de la salud en un contexto cambiante.

De cara al futuro, ¿qué nuevos riesgos o fenómenos culturales crees que marcarán la salud mental juvenil?

Opino que hay cicatrices arrastradas de estos años que ya no vemos de la misma forma: el uso intensivo de redes, la exposición constante a pantallas o la necesidad de regular tiempos y edades. Adolescentes y jóvenes a veces necesitan saber si detrás de una pantalla hay alguien o si necesitan aire, y todo eso ya está muy presente y seguirá influyendo. Claramente seguirán preocupando los usos digitales y será necesario regularlos, creando espacios seguros y democráticos, y controlando la intensidad de dichos usos, que sabemos no benefician a la salud y el bienestar.

Me preocupa también la polarización política y social, y cómo ciertos discursos intencionados, poco profundos y reduccionistas pueden derivar el enfado hacia aspectos individuales y enfocados en colectivos concretos, cuando el problema es que no encuentran vivienda, autonomía o estabilidad, y son desigualdades estructurales. ¿Hacia dónde se dirige ese enfado? Las respuestas políticas pueden ser peligrosamente simplistas. Es un reto enorme para quien investigamos juventud entender estas tensiones cuando las herramientas de expresión y conflicto hoy son completamente distintas.

 

BIBLIOGRAFÍA

[1] FAD Juventud. (2025). Barómetro de Opinión y Salud Juvenil 2017–2025 (varias ediciones).
Gómez Miguel, A., Sanmartín Ortí, A. y Kuric Kardelis, S. (2025). Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025. Centro Reina Sofía de Fad Juventud.

[2] Martín-Orozco, B., Gutiérrez-García, R. A., & Vargas-Mendoza, L. A. (2024). Evolution of Child and Youth Mental Health in the Context of the COVID-19 Pandemic: A Longitudinal Analysis. Children, 11(6), 660.

[3] Ministerio de Sanidad & Instituto Nacional de Estadística. (2025). Nota técnica. Encuesta de Salud de España (ESdE) 2023. Madrid: Ministerio de Sanidad / INE.

[4] World Health Organization. (2024). Health Behaviour in School-aged Children (HBSC) Study: International Report. WHO Regional Office for Europe.
HBSC España. (s.f.). Proyecto HBSC España.

[5] FAD Juventud & Fundación Pfizer. (2025). Inserción laboral juvenil: aspiraciones, preocupaciones y desafíos. 

[6] Fundación ONCE. (2023). Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada.