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Pornografía y conductas sexuales de riesgo

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Cuánto controlas de… pornografía

No debemos olvidarnos de que, como adolescentes, estamos inmersos en pleno proceso de construcción de nuestra identidad, en un periodo de importantes transformaciones, entre las que se destaca el inicio de la actividad sexual. Una época en la que experimentamos cambios físicos, hormonales y emocionales que despiertan nuestra curiosidad sexual y nuestro deseo de aprender.

Estamos en unas edades en las que es lógico que tengamos esa curiosidad natural por la sexualidad. Pero sentimos también que hay un cierto desequilibrio entre lo que empezamos a desear y las respuestas que encontramos en nuestro entorno, lo que nos lleva, en algunos casos, a iniciarnos en conductas sexuales de forma “furtiva”.

Por eso, es clave estar acompañados en este proceso de aprendizaje y conocimiento de nuestra identidad en construcción y saber muy bien cómo gestionar muchos de esos cambios o a quién recurrir para aprender adecuadamente. Nos referimos a una educación afectivo-sexual acorde a nuestras necesidades, que resuelva nuestras dudas con información completa y veraz, que dé respuesta a lo que hemos empezado a vivir y que nos acompañe en esos miedos e inseguridades que van surgiendo.

Es esencial un proceso de aprendizaje que nos guíe en el despertar de nuestra sexualidad, que dé respuestas a la curiosidad y al deseo de saber y experimentar al que está asociado este despertar. Gracias a ese aprendizaje podremos descubrir y disfrutar del placer de forma satisfactoria y responsable.

Pero la facilidad de acceso a la pornografía que nos ofrecen actualmente las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) —en momentos en los que estamos todavía en proceso de aprendizaje y maduración— puede llegar a reforzar su uso como fuente principal de información.

Las TIC nos ofrecen contenidos de diferente índole sexual en los que se muestran y describen actos de forma explícita, insinuaciones y contenido erótico con el fin de excitarnos. Una hipersexualización, con mucho más material pornográfico disponible que antes, donde casi todo se limitaba a las revistas y a las películas. Ahora las visualizaciones crecen navegando por internet en páginas de contenido explícito o en redes sociales, donde se nos muestran conductas sexualizadas, cuerpos medio desnudos y posturas y actitudes evocadoras.

Y como accedemos de forma habitual, lo hemos normalizado.

Se suman las plataformas de streaming y los sitios web especializados, en los que podemos llegar a navegar de manera gratuita y anónima, sin facilitar ningún dato personal, lo que potencia el acceso a contenidos no adecuados para nuestra edad, a los que llegamos muchas veces redirigidos desde redes sociales, anuncios o motores de búsqueda sin darnos cuenta y sin buscarlo.

Recibimos ese porno también a través del correo, del WhatsApp y de otras aplicaciones. O los videojuegos con imágenes provocadoras que volvemos a normalizar porque forman parte del entorno de juego. Un bombardeo continuo ante el que es difícil permanecer indiferente y no tomarlo como referentes a seguir.

Y en muchas ocasiones llegamos a ese tipo de contenido a edades muy tempranas. Según la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) la edad media de acceso a la pornografía se está situando en los 8 años. Tanto que, para muchos, es nuestra primera aproximación a la sexualidad, lo que nos puede llevar a creer que lo que vemos en ese contenido pornográfico es lo estándar, lo usual. Con los riesgos que conlleva.

Ese consumo puede pasar de ser algo puntual o ligado a determinadas situaciones, a convertirse en algo preocupante ya que se puede convertir en nuestra fuente de información de referencia, en el modelo de aprendizaje de comportamientos y de la forma en la que debemos practicar nuestra sexualidad. O en ejemplo para nuestras relaciones afectivas… Y a ello pueden colaborar razones, como:

  • Curiosidad y exploración sexual: la curiosidad sexual que sentimos en esta época vital y la necesidad de encontrar respuestas más allá de nuestros padres —cuya información sexual no consideramos legítima— nos puede llevar hasta la pornografía como ventana desde la que explorar la sexualidad.Con una accesibilidad que la satisface, pero que también puede derivar en un consumo excesivo y compulsivo.
  • Falta de educación afectivo-sexual adecuada: es frecuente que desde los entornos educativos formales como la escuela o el hogar, la educación afectivo-sexual sea inexistente, insuficiente o inadecuada. Se trata de un tema difícil de afrontar desde estos ámbitos naturales de educación, en los que, tradicionalmente, cuesta aproximarse a la sexualidad por desconocimiento, inexperiencia o vergüenza al entenderlo como un tema tabú.Y es esa falta de acompañamiento en nuestro proceso de aprendizaje afectivo-sexual lo que puede hacer que recurramos a la pornografía y a las búsquedas online para intentar encontrar respuestas y aprender más sobre el sexo.Al convertirse en una pieza clave del aprendizaje, puede llegar a afectar a nuestra forma de relacionarnos y evidenciarse en ciertas conductas de riesgo o nocivas. Si desde la familia no nos hablan de estos temas, puede que busquemos la información fuera, llegando a referentes poco adecuados; por ejemplo, el que ofrece la pornografía, con un modelo muy masculinizado y violento de la sexualidad.
  • Desarrollo emocional y cambios hormonales: pudiendo llegar a entender la pornografía como una vía de escape para lidiar con el estrés, la ansiedad o la confusión emocional de estos años.
  • Presión de los amigos: la presión social y la influencia que ejercen nuestros amigos puede llegar a tener también un papel importante en nuestro consumo de pornografía. Podemos llegar a sentir la “obligatoriedad” de estar al tanto de ciertos contenidos para encajar y evitar sentirnos excluidos o estar al día en conversaciones y referencias relacionadas con el sexo y la sexualidad.
  • Disponibilidad y accesibilidad: hoy en día la tenemos más a nuestro alcance que nunca, pudiendo ver contenidos explícitos en línea, sin restricciones ni la supervisión adecuada.
  • Problemas de salud mental: podemos llegar a correr el riesgo de recurrir a la pornografía como una forma de lidiar con problemas subyacentes de salud mental, como la depresión, la ansiedad o la baja autoestima.Consumir porno nos ayuda a escapar (temporalmente) de nuestros problemas, algo que puede acabar llevándonos, si no sabemos controlarlo, a una dependencia emocional y una búsqueda compulsiva.
  • Insatisfacción con nuestra vida sexual real: donde el consumo de porno puede acabar convirtiéndose en nuestra vía de escape.Puede que no tengamos ningún tipo de encuentro (aunque lo deseamos), que solo podamos optar por la autosatisfacción o que el sexo que vivimos con nuestra pareja o de forma esporádica, no sea cómo ansiamos… Todo ello nos llevaría a fantasear a través de la pornografía.

Eso sí, siempre debemos tener en cuenta que cada individuo es único y que las razones por las que llegamos a la pornografía pueden variar. Por ejemplo, algunos jóvenes pueden ser más vulnerables a su consumo por una combinación de factores personales, sociales y ambientales.

Y por qué nos pone tanto

Existen varias razones por las que el porno nos gusta tanto, sin olvidarnos de que es algo muy personal y que, evidentemente, puede variar mucho de una persona a otra. Y, aunque cada uno tenemos nuestras propias motivaciones y preferencias, podemos señalar:

  • Estimulación visual y fantasía: la pornografía ofrece una estimulación visual intensa y explícita que, para muchos, resulta atractiva. Además, nos proporciona una vía para explorar fantasías sexuales y cumplir con ciertos deseos que podrían no ser fácilmente accesibles en la vida real.
  • Gratificación inmediata: la pornografía nos da una gratificación instantánea. Podemos acceder a una amplia variedad de contenido sexual en línea en unos pocos clics, lo que nos permite satisfacer nuestros deseos y necesidades sexuales sin invertir tiempo y esfuerzo en relaciones reales. Con sus tintes negativos para las relaciones con otras personas, sean afectivas, amorosas o sexuales.
  • Escape y alivio del estrés: ese consumo de porno nos puede servir como una forma de evasión o alivio del estrés. Podemos recurrir a ella para desconectar de los desafíos y presiones diarias, sumergiéndonos en un mundo de fantasía y placer temporal.

PorNo creer que está pasando

Si no ejercemos control, la pornografía puede llegar a tener diversos efectos negativos. Y no solo para nosotros, sino también para nuestro entorno. Un consumo excesivo de porno —en sus diversas formas— puede acabar acarreando problemas en nuestra sexualidad, generar impacto en nuestra autoestima… Incluso, podemos llegar a consumirlo de forma incontrolada, teniendo que necesitar ayuda para dejar de hacerlo.

Una de las consecuencias que podrían derivarse de esa sobreexposición a la pornografía es la distorsión en nuestra percepción de la sexualidad, de los roles y de las relaciones íntimas. La pornografía es una especie de ciencia ficción de la sexualidad. En ella siempre existen papeles y patrones bien establecidos, cuerpos esculturales bien dotados y, sobre todo, expectativas bien satisfechas. Algo que no sucede siempre en la vida real.

Y esta distorsión de la realidad lleva en muchos casos a la frustración de quien la consume, ya que no vamos a conseguir lo mismo que hemos visto. Podemos acabar desarrollando expectativas poco realistas y nada saludables sobre nuestro cuerpo, sobre el sexo y sobre las relaciones que queremos tener.

Otra de las consecuencias del consumo, es que podemos llegar a asumir como normales, modos que no lo son. Unas actitudes basadas en un modelo muy masculinizado y violento de la sexualidad, que distorsiona los roles de género, denigrando y cosificando en numerosas ocasiones a la mujer. Y esa aceptación se produce porque no tenemos todavía la capacidad de discernir lo que es real de lo que no, ya que no contamos con muchas experiencias que nos ayuden a diferenciar.

Una aceptación y normalización de conductas y comportamientos sexuales, agresivos y machistas, de dominación o violencia, que pueden llegar a afectar a nuestro desarrollo sexual e impactar en nuestra forma de entender la sexualidad y las relaciones. Influir en nuestra predisposición y derivar en conductas sexualizadas que acaben animándonos a mantener relaciones de forma cada vez más temprana; más de lo que teníamos pensado y con expectativas distorsionadas y poco realistas.

Un consumo excesivo de pornografía puede derivar también en importantes efectos psicológicos y emocionales El porno no entiende de empatía y dedicación a la pareja, no se basa en el afecto. Es básicamente sexo. Pudiendo llegar a sentirnos solos en este tipo de consumo de repetición, ya que es muy individualista. Además, puede generar sentimientos de vergüenza y culpa, emitiendo nosotros mismos juicios de valor sobre nuestro consumo y tender a entrar en valoraciones sobre si es adecuado, si lo hacemos mucho, si estará bien o no…

Otro de los efectos negativos que puede llegar a tener, es que acabemos perdiendo la capacidad de imaginar, de tener fantasías sexuales, volviendo más necesarias que nunca las imágenes para conseguir excitarnos.

Y en algunos casos, los más extremos, desarrollar comportamientos compulsivos similares a la adicción. Este consumo libera dopamina cada vez que vemos una imagen pornográfica (mil imágenes, mil “chutes” de dopamina, hasta llegar al atracón) pero, a diferencia de lo que ocurre en una relación sexual, el visionado de pornografía no guarda una relación directa con la supervivencia de la especie. De esta forma se descompensa el circuito de recompensa y nuestra capacidad de control, como cuando nos drogamos. Y eso nos lleva a consumir cada vez más para lograr mantener estable nuestro esquema de placer, con el impacto que tiene sobre nuestro bienestar general.

Una situación que, según el control que ejerzamos y la persona que lo padezca, puede acabar desembocando en una espiral de dependencia que puede alargarse en el tiempo, afectando a la familia, al trabajo y a las relaciones en nuestro entorno.

Un placer que nos puede llevar a olvidar que la pornografía no siempre refleja prácticas sexuales consensuadas, consentidas y seguras. Y que podemos vernos expuestos a un contenido que involucra violencia, agresión o situaciones no aceptadas por el otro, generando confusión sobre los límites del consentimiento.

Problemas no interruptus

Accedemos a la pornografía sin estar del todo preparados, sin ser maduros (sexual y emocionalmente) o sin haber recibido una mínima educación afectivo-sexual; lo que nos deja vendidos, sin saber medir que las decisiones impulsivas y la falta de métodos de protección tienen consecuencias negativas.

Y de ahí pueden derivar ciertos comportamientos y prácticas sexuales de riesgo como un sexo sin protección, unos métodos anticonceptivos nada adecuados, la vinculación o falta de ella con aspectos afectivos en las relaciones sexuales que establecemos o prácticas basadas en la violencia para conseguir el mismo placer que hemos visto en la pornografía.

Experiencias que expondrían nuestra salud sexual y reproductiva a embarazos no deseados, a infecciones de transmisión sexual (ITS), o a poner en riesgo la integridad de las personas en esos juegos.

Hemos normalizado también ciertos comportamientos de riesgo en los que nos exhibimos. Hemos perdido la perspectiva respecto a nuestra privacidad; o todavía no hemos madurado lo suficiente para tenerla, realizando conductas sexualizadas en nuestras redes sociales y convirtiendo internet en un escaparate.

Un paso a dar es conocer los riesgos, lo que nos podría ayudar a evitar, precisamente, esos embarazos no deseados, las infecciones de transmisión sexual, el daño emocional y el trauma o los efectos negativos en las relaciones interpersonales. Algunos de esos peligros más habituales son:

  • Sexo ocasional y promiscuidad: muchos participamos en relaciones sexuales casuales sin el uso adecuado de métodos de protección. La falta de conocimiento sobre la pareja y su historial de salud sexual puede aumentar el riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual.
  • Uso inadecuado de métodos anticonceptivos: en muchas ocasiones usamos métodos anticonceptivos, pero no siempre lo hacemos de manera adecuada o consistente. Esto puede incluir no utilizar el preservativo de forma correcta, omitir el uso de anticonceptivos hormonales o no seguir las instrucciones para un uso adecuado de esos métodos anticonceptivos.
  • Prácticas de riesgo con relación al consentimiento y límites: podemos llegar a participar en prácticas sexuales sin respetar el consentimiento mutuo o establecer límites claros. Esto puede incluir la presión para participar en actividades sexuales no deseadas o no consentidas, lo cual puede llevarnos a experiencias traumáticas y emocionalmente perjudiciales.
  • Consumo de alcohol y drogas en el contexto sexual: el consumo de alcohol y drogas antes o durante las relaciones sexuales puede disminuir nuestra capacidad de tomar decisiones informadas y aumentar la probabilidad de tener relaciones sexuales sin protección o de participar en prácticas sexuales de alto riesgo.El empleo de sustancias puede afectar al consentimiento, al juicio y a nuestra capacidad de comunicar adecuadamente lo que queremos y lo que no, y eso puede derivar en situaciones de vulnerabilidad.A lo que podemos llegar también por falta de comunicación y negociación y por no hablar de nuestras preferencias, gustos y límites. Una comunicación abierta y honesta, así como la capacidad de establecer límites y respetar el consentimiento mutuo, son fundamentales para evitar riesgos innecesarios y mantener relaciones sexuales sanas.
  • Intercambio de material sexual explícito: como fotografías o videos íntimos. Esto puede llevarnos a consecuencias no deseadas, como el «sexting» no consensuado o el riesgo de que el contenido se comparta sin permiso, lo que puede redundar en ciberacoso o problemas legales.Sin olvidarnos de que hay una serie de circunstancias propias de la adolescencia, que acaban condicionando nuestra conducta, mostrándonos, quizás, más predispuestos a estos riesgos. Tales como:
  • Las transformaciones corporales que caracterizan a esta edad y que nos llevan a la búsqueda de la identidad sexual y el aprendizaje de roles sexuales. Es ahora cuando exploramos la propia sexualidad, tanto en relaciones heterosexuales como homosexuales.
  • Necesidad de experimentar. Tenemos una gran curiosidad por conocer y probar, así como una evidente tendencia a hacer, a actuar, a pasar fácilmente de la idea al acto.
  • Importancia decisiva del grupo de iguales. Notamos cierto alejamiento de nuestra familia, ya que nos identificamos más con nuestros pares, con nuestro grupo de amigos. Y estos ejercen una gran influencia sobre nuestro comportamiento, especialmente en el que consideramos de riesgo.
  • Apetencia por el riesgo. Los cambios físicos que estamos experimentando con esta edad, vienen acompañados de otros psicológicos que nos invitan a buscar el riesgo y el placer inmediato, minusvalorando las consecuencias negativas, percibidas como lejanas a nosotros.
  • Sobreestimación de la propia invulnerabilidad. Pensamos que lo que les pasa a los demás, no nos va a ocurrir a nosotros. De hecho, aunque sabemos que existe la posibilidad de un embarazo en una relación sexual sin protección, creemos que es tan difícil que nos pase, que nos aventuramos a no usar preservativo. Una idea irracional que se refuerza si, al final, no ocurre nada.
  • Actuaciones en función de creencias o “mitos” erróneos y no cuestionados. La falta de experiencia nos lleva a tomar por buenos, ciertos mitos erróneos que marcan nuestra sexualidad. Por ejemplo, solo te contagias de VIH si eres homosexual, el preservativo negativiza la relación sexual porque no se nota lo mismo, si tienes relaciones eres un lanzado y si no, una estrecha…

Por eso es importante recibir una información acertada y de calidad. Una formación sobre los riesgos a los que nos podemos llegar a enfrentar y que se adecue a cómo somos y a todos los cambios vitales que estamos viviendo en esta época de nuestra vida.

Y, desde el punto de vista sexual, nos vamos a enfrentar a ciertas dificultades e inseguridades ante el momento de tener que construir nuestra orientación e identidad sexual, afrontar los riesgos asociados y estar expuestos a conductas sexuales de riesgo.

Por eso debemos aprender a gestionarlo adecuadamente. Porque lo que construyamos ahora va a tener una gran importancia y marcará nuestra identidad personal y sexual para el resto de nuestra vida.

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